1. EL RENACIMIENTO UNIVERSAL.
“Lo que nos hace grandes es el hecho de que podamos ver lo pequeños que somos”.
— Carl Sagan.
“Lo que nos hace grandes es el hecho de que podamos ver lo pequeños que somos”.
— Carl Sagan.
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Nueve… fueron las veces en que las temblorosas manos de Itzel, ya hartas de sangrar, descendieron por la bañera y presionaron el contacto para llamarlo.
Nueve intentos en vano.
Muchos años después, mientras caía al abismo, Alfredo se preguntó qué hubiera pasado si ella lo intentaba una vez más. En ese mundo, quizás las tardes de lluvia aún conservaban la felicidad del perfumado en la tierra mojada, que ahora, dispersa en el prado, solo llenaba su corazón de recuerdos. Quizás las noches ya no acariciarían su cara con el frío invernal, hasta que un beso gélido en la madrugada extinguiera la calidez del alcohol entre sus labios, cuando estaba ebrio, sin saber qué hacer. Quizás el café sabría menos amargo, o las calles se verían menos solas. Menos llenas de gatos callejeros. Quizás… en ese mundo él pudo levantarse a tiempo, contestar, haber dicho mucho más de lo que tenía que decir, y la vida sería distinta.
Pero entre más se aferraba con sus uñas al pasado, más sus recuerdos se deshacían en olvido.
Se había resbalado por el borde. Un tonto accidente, o quizás una acción de penitencia; no había tiempo para discutir algo así. Con ojos desesperados, Alfredo buscó por séptima vez de dónde sujetarse. No hubo nada. Todo estaba oscuro, excepto por varios puntos lejanos y borrosos a su alrededor. Se agitó en una lucha que duró varios minutos, igual que un férreo pájaro. Pero al final, ni siquiera tocó viento.
Era curioso: nunca imaginó que flotar en el espacio fuera como estar en el fondo del océano, pues un hormigueo extraño comenzó a comprimirle el cuerpo.
Además de ello, tampoco imaginó que en el espacio hubiera ruido.
Un bebé que lloraba. Unos padres que discutían sin prestarle atención al niño. Y una estática; el peor de todos. Tan agobiante y certera en el dolor, que le rememoraba al granizo en la televisión vieja de su madre, o al oleaje fresco de una playa inexistente. Y aunque en principio no parecían ser tan molestos, los sentidos de Alfredo se agudizaron hasta detectar cualquier cambio en las partículas. Así, la presión del océano subió al punto de quebrar su cuerpo y hacerlo crujir, y los ruidos se intensificaron hasta hacer a su mandíbula vibrar. Alfredo gritó conforme se hacían más fuertes. Buscó alivio en su carne. La desgarró, tira por tira, pero fue inútil.
Tras treinta minutos de cicatrices que lo hicieron llorar, el oleaje se fue sin razón. Todo se volvió eco, como uno pensaría que sonarían las cosas en el espacio. Sin embargo, no tardaron en volver. Grises, más fuertes, y con un sabor burbujeante.
Eran ciclos de ida y vuelta, cada vez con mayor intensidad.
Durante el descanso del séptimo ciclo, Alfredo tuvo la genial idea de voltear hacia arriba, a donde la inercia lo empujó. Ahí, en medio de la oscuridad, había una perforación más oscura que
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el espacio. No una perforación cualquiera, sino una que devoraba con sus afilados bordes toda la bóveda celeste, como un tifón.
Alfredo sabía la verdad, y aunque no quería aceptarlo, sus alternativas resultaban inútiles.
Era un agujero negro.
Ocupaba la mitad de su vista, aunque el desgraciado estuviera tan lejos que la gravedad apenas afectaba. En su cadera se exhibía un hermoso listón de luz, asimétrico y de geometría extraña; tenía un lado más luminoso que otro, y se podía ver su parte trasera desde el frente. Pero lo más encantador y horrible era su color. Azul. Azul antiguo, tan melancólico que el mundo actual no conocía. Un pasado que sus ojos adoraron. Lastimaba a la vista y solo se podía ver a cierta hora de la tarde y la mañana: entre las seis y las ocho.
Era un azul perfecto.
Alfredo no pudo moverse. Una manada de tarántulas se escurrió en toda su espalda. Era como si la profundidad de ese color le quitara oxígeno. Más allá de él no había nada, aunque la luz intentara alumbrar algo. Solo una oscuridad a la que llegaría más temprano que tarde.
Por fortuna o desgracia, esa sensación duró escasos segundos: la imagen se opacó hasta nublarlo. Desconcertado, Alfredo volteó a ver su nariz: se percató de que las lágrimas que había llorado en los ciclos estaban contenidas en sus lagrimales por culpa de la débil gravedad; algunas apenas y fueron atraídas por el agujero. Alfredo dio un trago de amargura que le supo salado.
Sabía que los ruidos y el hormigueo del mar eran simples ilusiones, pero deseaba con todas sus fuerzas que esa cosa también lo fuera.
Las partículas del ambiente comenzaron a tambalear.
Desesperado, Alfredo cubrió su cuerpo; otro ciclo estaba por venir. Y antes de que siquiera pudiera palpar los sentidos, todo paró. Una voz, parecida a la de su madre, comenzó a oírse a lo lejos. Volteó temeroso hacia el espacio. Buscó su origen, pero no encontró nada.
Luego de que la voz pareciera estar al lado de él, se percató de que no era su madre, sino una voz más joven, llena de entusiasmo.
Se trataba de Zofía, que con una franqueza tan enérgica comenzó a decir:
—Desde el origen humano ha existido una intuición que usamos para definir nuestro alrededor. Una idea tan hermosa, apreciable desde los mitos más antiguos, hasta fórmulas de las leyes científicas más modernas. A veces con distintos nombres. Calor, frío. Vida y muerte. Luz, oscuridad. Caos y orden.
Alfredo creyó imposible que fuera ella, pero una vez más buscó a su alrededor. Tras segundos de oscurantismo, divisó una flor de loto color magenta flotando enfrente de él. Alfredo supo que la voz venía de ella, que era tan real que nadie iba a creerle. Sin esperar al asombro, intentó hablarle para ver si atraía su atención. La voz continuó:
—Y así como existe el espacio positivo, también era probable que existiera algo en contra del espacio; abstracto y simétrico… Hay secretos del universo que son demasiado
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contraintuitivos y extraños que ni siquiera nos paramos a cuestionarlos un poco. Damos por sentado que no existen, aunque un mínimo de probabilidad nos diga lo contrario. Ahí me di cuenta de que algunas ideas son más primordiales que otras. Ideas que nos han perseguido desde el pasado: como es el caso de lo finito y lo infinito, o de lo eterno y lo lineal. El universo podría ser infinito, pero puede que solo sea muy grande; nadie sabe si hasta cierto punto acabará. Algo como la mente humana no puede procesar el infinito, no es cognoscible, sin embargo, como a Descartes, lo que me intriga es que sí podemos definirlo.
»Pero por lo menos tenemos un referente. Hasta el momento no encuentro algo con lo cual comparar a la eternidad; algo que no acaba ni tiene un inicio en el sentido del tiempo… Quizá también el universo podría ser eterno, aunque esto depende de nuestra visión puesto que, con la eternidad, viene otra cuestión a responder. El ser. ¿Cuándo es qué algo es y deja de ser? Algún día, se especula, el universo habrá de acabar en un estado de entropía máxima, y toda forma de vida y materia, como las conocemos, desaparecerán. Aunque sigan ahí. Las galaxias, las estrellas, los planetas, los humanos. Todos tenemos una cosa en común… y es la muerte.
Alfredo reparó con desánimo en esas palabras; eran las mismas que Zofía dijo el día en que Itzel lo llamó. Sin embargo, como si la vida le arrebatara el gusto de sentirse miserable, cayó en cuenta de un objeto impregnado en sus párpados. Al principio pensó que debía ser polvo o algún cúmulo de rocas, pero no. Con su tacto destrozado sintió lo punzante del objeto, similar a la obsidiana. Era hielo, creado a partir de sus lágrimas, y se acercaba lentamente a sus lagrimales.
Zofía continuó:
—Sin embargo, en comparación con la vida del universo, la de una estrella es nada, y comparado a la estrella, una vida humana es menos que nada. Todas las guerras, emociones, dolores y experiencias tan grandes que tenemos en la actualidad, están aquí: en un punto muy pequeño del espacio, flotando a la deriva. Un punto donde viven pequeñas partículas ordenadas de forma increíble, que conforman a un ser complejo y consciente…
Alfredo dejó de prestar atención a la flor con inmediatez. Era ilógico que se creara hielo, pues el disco de acreción debería calentarlo. Dedujo que se trataba de una ilusión, sin embargo, miró sus manos: las sintió entumidas por el frío. Sin tiempo para pensar, Alfredo trató de quitar el hielo de un solo jalón, pero el simple hecho de hacerlo ya le causaba un dolor insoportable, como quitarse una costra del tamaño de su pecho. No paraba de crecer. El pánico le caló hasta el alma.
—Y aun con todo eso —continuó Zofía—, no creo que seamos insignificantes… Conscientes, llegamos a un nivel de razonamiento donde nos preguntamos: ¿qué es grande realmente?, ¿y en comparación a qué? ¿Qué dura más?, ¿y en comparación a qué? Si te das cuenta, todos necesitamos de un marco de referencia para darle sentido a nuestros contrarios. Sin embargo, seguimos descubriendo cosas más pequeñas que las partículas, y no sabemos si hay cosas más grandes que el universo. Como en la relatividad, quizá todo dependa del punto de vista del observador, y nuestra mente evolucionó, o fue creada, con el fin de identificar patrones. Por esa
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misma razón los dualismos más fundamentales son tan difíciles de identificar; muchas veces erramos en poner a dos cosas como contrarias o diferentes.
Alfredo comenzó a implorarle a la flor que lo ayudara, aunque supiera que no le iba a hacer caso. El hielo alcanzó los huecos superiores de sus ojos.
—Pero siempre admiré la capacidad de los humanos para resolver problemas que parecían imposibles. Para poder trascender y hacer a lo imposible una realidad… Todo eso nos llevó a hoy, aquí. Muchos pensarán que somos nada, que somos hormigas o simplemente un grano de arena en el desierto, pero deben de saber que este grano de arena logró salir de las peores guerras y los peores escenarios, logró ser un organismo sobreviviente en el universo hostil. Y hoy, logró dar un paso más en la exploración espacial. Este mérito no solo es mío y de mi familia: es de todos los humanos que lo hicieron posible. Estamos a nada de responder a una de las incógnitas más grandes, y si me lo preguntan a mí, no me preocupa si estamos solos o acompañados porque, cualquiera que sea la respuesta, aquello siempre nos dejará más posibilidades que miedos.
»Por muy mal que sea el panorama, y si es que hacemos un buen trabajo con ellos, los sueños de las generaciones por haber forjarán un futuro mejor… un futuro por el cual lucharemos día a día. Solo debemos tener fe. Fe en la razón, fe en la ciencia, y por supuesto, fe en nosotros. Por ello no temo afirmar que…
El corazón de Alfredo latió con tanta fuerza que podía sentirlo retorcerse en sus manos. El hielo estaba a milímetros de tocar sus lagrimales. Se hiperventiló cada vez más mientras la flor terminaba su discurso; el mismo discurso que comenzó todo.
A la par del crujir de su suave carne, de sus lágrimas sangrientas que comenzaban a salir claras y fluidas, y de una picazón en sus ojos, Alfredo dio un alarido enorme de dolor que solo pudo comunicar una palabra: ayuda. Sentenciando así, la pena de revivir todo lo que quiso olvidar. Y en búsqueda de una salida, mientras sus cuerdas bucales se deformaban en un canto infernal, escuchó a Zofía decir con tenebrosa calma:
—… este es el nuevo renacimiento. Un renacimiento universal.
* * *
Años atrás, esa mañana lluviosa del veintiuno de septiembre del 2071, un rayo impactó cerca de su casa con la fuerza de un león hambriento. Alfredo, en ese entonces adolescente, despertó intranquilo, respirando casi como si no le alcanzara con todo el oxígeno del planeta. Al cabo de unos minutos, miró su aliento dispersarse en el vapor de la ventana.
Se calmó.
Sin más, tomó su celular y vio la hora. Reparó de inmediato en las notificaciones. Tenía nueve llamadas perdidas de Itzel, todas hechas a las tres de la madrugada. En un instante tomó asiento y la llamó. Esperó uno, dos, tres segundos. Buzón. Intentó de nuevo, pero tuvo el mismo resultado. Después del tercer intento, Alfredo le envió un mensaje.
Nadie contestó.
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Tal vez Itzel tenía su celular apagado y por eso no respondía. Quizás se le había olvidado imprimir algo y quería negociar con él para llevarlo a la escuela; no era la primera vez que hacía algo así a las tres de la mañana. Alfredo miró su celular con una incómoda sensación. Pensó en volver a intentarlo, pero decidió vestirse primero pues ya tenía suficiente estrés con sus padres, que peleaban en la habitación de al lado.
Para él era algo trivial, como lo suelen ser todas las discusiones. La costumbre solía quitarle mucho impacto a una situación, e incluso uno se podría familiarizar con ella. Él ya estaba familiarizado con los gritos de ellos, por lo que solo le generaba una pequeña picazón en su oído.
Más allá de eso, no sentía nada, o al menos no en ese momento.
Otro rayo impactó cerca de su casa, esta vez más lejos, pero afortunadamente con la misma fuerza para callar los ruidos de sus padres por un instante.
Mientras terminaba de ponerse la corbata, Alfredo cerró los ojos. Quiso retomar su sueño, pero lo había olvidado. Solo recordaba que no podía respirar, y un par de sonidos que seguían presentes. Era curioso que los sueños se mezclaran con los ruidos de la realidad, y en base a ello la mente creara una narrativa digna de las mejores películas de terror. El sonido que más le incomodó venía de la televisión vieja de su madre, que había dejado prendida toda la noche. Ahí se hacía una rueda de prensa donde la protagonista era una joven de Alemania llamada Zofía, actual jefa de BIMOL; su padre estaba en etapa terminal y tuvo que heredar todas las responsabilidades que la empresa conllevaba.
Pero eso no resultaba ser un problema, al menos en un inicio.
Ella hablaba con una fluidez y entusiasmo envidiables para cualquier político, cosa que lo puso más alerta, pues no lograba explicar cómo un sonido tan motivador podría generarle miedo. Incluso hubiera preferido soportar la oscuridad de la noche antes que oír ese ruido.
Alfredo apagó la tele, fue a asearse y luego bajó mientras le enviaba otro mensaje a Itzel. Esta vez con un poco más de insistencia.
Los mensajes no le llegaban y la imaginación le creó monstruos que no pudo enfrentar en ese momento. Los gritos de sus padres tampoco ayudaron. Para calmar las aguas, prendió la televisión y puso el mismo canal de arriba mientras se hacía un café con la taza usada desde hace tres días; le daba flojera agarrar otra.
—¿Cuántos son? —preguntó un periodista con barba en la tele—. ¿Qué es lo que los hace tan diferentes de otros? ¿Y qué planea hacer BIMOL con ellos?
—Hasta el momento son siete —dijo Zofía—. Uno más descubierto hace algunos meses en colaboración con la NASA. Hay muchas cosas que los hacen distintos. Un ejemplo es que todos son análogos terrestres rocosos, o que tienen la misma masa que la tierra y, por ende, misma gravedad. Todos ellos tienen una calificación de 0.98 a 0.99 en el ESI. No se les detectó anclaje de marea. Sus atmósferas contienen vapor de agua, oxígeno y dióxido de carbono. Se han registrado anomalías lumínicas en algunos de ellos, e incluso señales de radio con patrones anormales. Y sumado a ello, están en zonas habitables dentro de un sistema solar similar al nuestro. En términos más sencillos:
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