A pesar del respeto con el que Alberto había hecho su pregunta, Jonathan bajó la cabeza. Al cabo de unos segundos suspiró en silencio y caminó de nuevo a la ventana. Ahí dijo:
—Por cada misión que logren completar, ganarán cinco millones de dólares. —Xanndro, Erasmo y Alberto dejaron la reposadera de sus sillas y se inclinaron hacia Jonathan—. Eso quiere decir que el total de dinero que ganaría cada uno, en aproximado, es de treinta y cinco millones de dólares. También tienen la opción de ayudar a BIMOL con otros asuntos si así lo quieren, y ganar más. —Jonathan paró de caminar—. Pero si no tienen más preguntas, me gustaría...
—¿Cómo puede asegurarme que no terminaré muerto? —preguntó Alfredo de repente.
Jonathan paró; volteó a verlo. Alberto y Xanndro igual, con temor, como si hubiera hecho algo malo.
Jonathan, con las manos ocultas en su espalda, caminó hacia él. A cada paso, Alfredo se percibía más pequeño: no imaginó que fuera así de alto.
—¿A qué viene esa pregunta? —cuestionó Jonathan con formalidad.
—Escuché que todos los que aceptaron la misión murieron, y por eso usted busca a más gente.
Por un instante, Jonathan miró a Xanndro y Alberto, pero no dijo nada. Regresó la vista hacia Alfredo con una leve inclinación que lo dejó expuesto a la luz. Ahí Alfredo lo vio.
Era igual a como se oía. Rondaba los treinta años, sin duda. De facciones «finas», aunque algo en su mirar lo hacía ver más viejo. Su cabello, con cada pelo ordenado, era igual de negro que su barba y su traje. Pero lo más característico era la ausencia de humanidad en aquellos ojos cafés.
—La misión no tiene por qué terminar de esa manera si tú no quieres —continuó Jonathan con una cercanía incómoda—. A fin de cuentas, depende de ti.
Alfredo agachó los ojos y miró su corbata un momento: era roja, muy común y nada sucia, pero algo en ella le incomodó. Alzó de nuevo la mirada, con más calma y voluntad.
—Esto no es tan simple como lo pinta —contestó—. Nadie regala millones por nada.
Con ojos estrechos, Jonathan evaluó cada aspecto de su alma. Después de un momento, soltó una risa contenida y se alejó de él.
—Tienes razón, niño —continuó—. Nada en el mundo es fácil. Menos aún, ganar dinero.
—Entonces, ¿qué es lo que oculta?
Jonathan se dirigió a él de nuevo, y con un gesto invasivo, pero limpio, tomó su vaso. Con calma, sacó de su traje un frasco metálico y sirvió pequeñas cantidades de whisky en el vaso, lo que volvió naranja al agua. Se lo ofreció a Alfredo, pero este, sin saber cómo reaccionar, lo rechazó con un gesto. Jonathan no insistió, sin embargo, le dejó el vaso ahí mismo. Prosiguió a servirse alcohol en el suyo, con un poco de agua, y lo tomó hasta vaciarlo.
—¿Ves? —dijo Jonathan—, solo te ofrecí trabajo. Aceptarlo o no, es cuestión tuya.
—¿Y por qué confiaría en usted?
—Bueno, aparte de ser la persona que salvó tu vida todos estos años, creo que es una buena forma de regresarme el favor.
45