Era igual a como se oía. Rondaba los treinta años, sin duda. De facciones «finas», aunque algo en su mirar lo hacía ver más viejo. Su cabello, con cada pelo ordenado, era igual de negro que su barba y su traje. Pero lo más característico era la ausencia de humanidad en aquellos ojos cafés.
—La misión no tiene por qué terminar de esa manera si tú no quieres —continuó Jonathan con una cercanía incómoda—. A fin de cuentas, depende de ti.
Alfredo agachó los ojos y miró su corbata un momento: era roja, muy común y nada sucia, pero algo en ella le incomodó. Alzó de nuevo la mirada, con más calma y voluntad.
—Esto no es tan simple como lo pinta —contestó—. Nadie regala millones por nada.
Con ojos estrechos, Jonathan evaluó cada aspecto de su alma. Después de un momento, soltó una risa contenida y se alejó de él.
—Tienes razón, niño —continuó—. Nada en el mundo es fácil. Menos aún, ganar dinero.
—Entonces, ¿qué es lo que oculta?
Jonathan se dirigió a él de nuevo, y con un gesto invasivo, pero limpio, tomó su vaso. Con calma, sacó de su traje un frasco metálico y sirvió pequeñas cantidades de whiskey en el vaso, lo que volvió naranja al agua. Se lo ofreció a Alfredo, pero este, sin saber cómo reaccionar, lo rechazó con un gesto. Jonathan no insistió, sin embargo, le dejó el vaso ahí mismo. Prosiguió a servirse alcohol en el suyo, con un poco de agua, y lo tomó hasta vaciarlo.
—¿Ves? —dijo Jonathan—, solo te ofrecí trabajo. Aceptarlo o no, es cuestión tuya.
—¿Y por qué confiaría en usted?
—Bueno, aparte de ser la persona que salvó tu vida todos estos años, creo que es una buena forma de regresarme el favor.
Alfredo mantuvo contacto visual con Jonathan, pero éste no cambió su expresión relajada; se ató sin querer a su cárcel.
—Mierda —dijo Alfredo; algo en su mirada irradiaba control—. Yo no quería ser parte de esta basura. —Alfredo enfrentó a sus amigos—. ¿Esto es lo que vale su vida?
Todos sus amigos lo miraron como niños regañados. Jonathan se limitó a esperar un momento para ver qué contestaban los demás.
—Aceptamos la misión, Jonathan —dijo Xanndro—. No te preocupes por lo que dice, está un poco confundido por...
—¡Silencio, Xanndro! —Jonathan plantó su vaso contra la mesa; todos se contrajeron del susto—. Quiero saber qué más le dijeron.
Alfredo intentó retomar la firmeza, y antes de que Xanndro hablara, dijo:
—Sólo quiero saber por qué los demás soldados que participaron en la misión murieron.
—¿Y por qué tendría que revelar algo que es confidencial? —respondió Jonathan—. De hecho, el que sepas eso es razón suficiente para encerrarte. ¿Quién te dijo eso, niño?
Hubo un instante donde Alfredo miró a Xanndro de manera inconsciente. Jonathan notó eso, pero no dijo nada.
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