Reminiscencias De Un Caballo En La Oscuridad.
Puedes llevar un caballo al agua, pero no puedes obligarlo a beber.
— ......
Puedes llevar un caballo al agua, pero no puedes obligarlo a beber.
— ......
Especial dedicatoria para toda la psicología del Trap: Angélica, Sara, Zutmi, Perla, Agustín, Ulises, Jorge, Naomi, Jorge Cid (aka el niño de casa). También para los conocedores Berna, Erasmo, Frank y todos los caballos del mundo.
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Es tan difícil ver.
Es tan jodidamente difícil ver aquí.
En medio de un calor que me evapora, quizá lo único bueno es lo fugaz del pensamiento. Las sensaciones se mezclan en una espuma de recuerdos que luego desaparecen sin remordimientos ni emoción. Como las olas del mar.
Hace días que no voy a un lugar tan alborotado. Es mejor que oír los gritos de las aves en el hotel después de un día soleado en la playa, o incluso mejor que el enmudecimiento del mundo.
Pero no puedo alejar este sentimiento: como si viviera en un hogar extraño.
No a mucho de la entrada, Jorge fue a saludar al organizador de la fiesta; Christian Dior (sí, como la marca de ropa). Me acerqué a ellos con un impulso de inseguridad al caer en cuenta que estaba solo. Dior me saludó. Sacudió mi mano con fuerza, como si ya nos conociéramos; me dijo que tuviera la libertad de explorar el lugar.
Jorge se fue instantes después con él; Dior le pidió ayuda con algo. Aunque mi desconfianza no tenía razones justas, pensé que quizás no querían estar conmigo.
Sentí de inmediato a mis pies hundirse en aguas de arena. Normalmente no me importaría, no soy tan tímido como unos piensan, pero no conozco a nadie, a pesar de que Jorge me comentó que vería a varios amigos.
Trato de buscar alrededor por si me pierdo de alguno, pero solo veo parejas.
Su afecto me sofoca: bastaría con que uno tuviera fiebre para contagiar a todos ahí dentro. Con razón hace tanto calor. Pero, aunque polillas extrañas carcomen mi estómago al verlos tan unidos, el frío de mi cabeza me recuerda que solo bastará aguantarlos una noche más.
Es extraño. En realidad, nunca he tenido novia antes. Pero ahora no siento la necesidad de tener una. Tampoco me siento solo: si esa fuera la razón del porqué odio verlos, estaría más que satisfecho. Pero… me siento tan ajeno a ellos, a su actitud irracional, que no logro entenderlo.
Da igual. Mañana habrá sido como si estar ahí fuera un sueño. Regresaré a mi ciudad, con los nervios quemados por el sol y la piel húmeda. El papeleo me dará la bienvenida con un beso de trabajo, y después de que lo ordene toda la noche, mañana en la oficina el suelo afelpado e insípido me preguntará cómo me fue, qué tantas mujeres conocí, y por qué decidí desperdiciar mi vida en una empresa tecnológica que me trata como un caballo sin sentimientos. Todo volverá a ser como siempre ha sido.
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Aunque suena un poco molesto, no veo nada malo en la rutina. Repudiarla es como repudiar un viejo sillón que ha estado siempre para nosotros. A pesar de sus defectos, su comodidad es inigualable a la de cualquier otro.
Me abro paso entre las siluetas para que no me contagie algún hipnotizado. Un destello me cegó instantes que parecieron durar más de lo necesario. Como si algún alien me hubiera abducido en el proceso. Ahí, la lucidez típica de contactar con un alien refrescó mi cabeza: me di cuenta de que había luces acompañadas de láseres en la sala. Ninguna blanca, la mayoría rojas o verdes, pero parecían conferir más oscuridad al ambiente.
Pasaba por la cocina cuando le subieron el volumen a la música. Ciertamente la que se reprodujo me resultó familiar. Era una electrónica de los años dos mil que recordaba haber bailado. Si aún morara en mi cabeza, diría el nombre, pero el oxígeno hace que las cosas se oxiden con el pasar del tiempo. No debía ser importante, y, sin embargo, mirar a mi alrededor me hizo percatarme de más cosas.
Las siluetas corrieron a la sala principal: para nada un lugar pequeño. Bailaban en una aglomeración mientras cantaban hasta secar su garganta. Aunque casi todas las parejas fueron, me extrañó ver también amistades ruborizadas por el alcohol que aportaban más a la fiesta. Sonreí un poco al verlos. ¿Dónde estará Jorge? Todo este lugar sería más pasadero con él.
Busqué con la mirada, ya desesperanzado por encontrarlo. Quizá estará ligando en otro lugar. Tras voltear a la puerta del baño, lo hallé hablando con una mujer. No dudé en sonreír y carcajear un poco. Negué con la cabeza. Jorge tenía mucha más suerte con las mujeres que yo, pero la verdad no me sentía mal. Después de todo, algunas personas eran más buenas que otras en algo.
Mi habilidad secreta la descubrí hace meses en el trabajo. Fue reciente, por lo que me extrañó no saber si era talento o práctica. Puedo calcular números de una manera muy rápida. Quizá eso podría ser de ayuda para conquistar a una matemática, pero… no sabría que lo es hasta hablarle.
En ese instante, la mujer con la que Jorge hablaba me volteó a ver. Su cara se confundió por culpa de la oscuridad, pero pareció divisarme entre todos. Entrecerré mis ojos, imitándola cual mimo. Tras ver claro su rostro, reafirmé que no la conocía de nada. Ella pareció darse cuenta de lo mismo y volvió con Jorge.
Los destellos volvieron a interrumpirme. Y aunque su mirada se me quedó atascada en las reminiscencias de la luz, yo volví a mi reflexión.
Otra habilidad reciente de la que me he percatado es que suelo cansarme difícilmente. Ayer fui a un bar con Jorge y terminó derrotado tras el tercer Sex On The Beach. Lo tuve que ayudar a caminar hasta el hotel: se vomitó en el camino, pero logré sobrellevar la situación como un buen caballo. En su inhibición, Jorge me confesó que hace años había ido a ese bar y que lo lamentaba tanto. Con el peso de sus palabras no entendí si lamentó ir ahí hace dos años o si lamentaba hacerme pasar por eso. No me importaba en realidad, era mi amigo. Pero me extrañó
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su primera confesión: varias veces antes de venir me había insistido que le emocionaba ir por primera vez a una playa. Quizás fue solo confusión. Además, la ebriedad ya lo había ahogado.
Esa madrugada, tras oír a Jorge roncar con tanto ánimo, no pude dormir. Pero tampoco me sentía cansado. Fue extraño, pues caminamos todo el día, y aunque me hormigueaban un poco los pies, podía seguir recorriendo cada costa. Con el agua llevándose la arena mientras tragaba mis pies…
Fue una sensación extrañamente familiar imaginarme ahí. En una costa.
Claro, esta habilidad tampoco es que sorprenda mucho a una mujer. Solo servirá para unas cuantas borracheras.
En mi distracción sentí a alguien golpearme amablemente con el codo. Volteé a la izquierda y ahí estaba Jorge. Me mantuve en silencio un instante, pero tras pensar en que decir, Jorge me robó la palabra.
—¿Todo bien, mi Joe? —gritó para que escuchara.
—Sí, —volví mis ojos a la pista de siluetas—. Todo bien.
—¿Seguro? ¿No has visto a alguien familiar? —insistió—. ¿No te ha interesado hablarle a alguien?
Fruncí el ceño. Volteé hacia él un momento, y pregunté:
—¿No estabas con una chica?
Jorge sonrió. Se rascó la nuca mientras cerraba los parpados de abajo.
—Era una amiga. En realidad, a mí tampoco me ha llamado la atención alguien.
Volví a la pista, y ver las sombras interrumpir de a ratos una luz roja que abstraía los ojos me hizo pensar. Desde que llegamos a esa playa, sentía que algo me faltaba. Luego de que un láser verde casi me dejara ciego, volteé a él y confesé:
—Tengo la sensación de que debo buscar algo, pero no sé qué.
Jorge sonrió con picaría, me abrazó de lado y dijo:
—¿Al fin decidiste divertirte? ¿Vas a buscar una mujer para robarle el sueño y la cama?
Me desvié de nuevo a la pista. Al rato, negué con la cabeza, no tan seguro, y mencioné:
—Ni idea. Pero tengo la sensación de que moriré si me tardo un zeptosegundo más. Es extraño.
Jorge calmó su sonrisa, y por primera vez lo vi dejar su bebida a un lado. Se acercó a mi oído:
—¿Qué tal si vas a la piscina? A lo mejor alguien de ahí te interesaría más.
Dirigí la mirada hacia el pasillo de la izquierda. Más allá de la cocina estaba el patio, con una piscina ni tan grande ni tan chica. Había mucha gente, pero… mis cejas se elevaron en duda.
Bajo las olas caóticas del agua, una luz verde le confirió antagonismo al lugar. Aunque no solía entender muchas veces mis sentimientos, pude sentir al pánico atragantarme hasta que me calentó la nariz.
—Me da miedo el agua… —dije. Sin tapujos. Sin pensar. Casi instintivamente.
Jorge no pareció entenderme: se quedó callado. Al rato, con su particular tono de burla, me cuestionó:
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—¿Después de vacacionar en una playa? ¿En serio te da miedo el agua?
Me desvié al suelo: seguramente pensaba que era broma.
—No, en verdad. Suena estúpido, pero… me da miedo. No sé cómo explicarlo.
Jorge se desvió por una silueta a lo lejos: quizá su próxima víctima. Me dio una palmada apresurada, y antes de irse, me aconsejó:
—Si te da miedo, inténtalo. Tal vez la recompensa tras el miedo sea mayor.
Luego de quedarme solo, aspiré aire, pero solo entró el vapor de las parejas y el sudor. Me sofoqué más. Y a pesar de lo claustrofóbico del asunto, por fin decidí ir a la piscina.
Si todo mejora, quizá ahí encontraría a alguien familiar.
Logré pasar la cocina, lento, cautivo, pero cada paso me volvía más pequeño. Olía al vapor del agua hacerse más insoportable, impregnarse con una combinación de cloro que no purificó mis ojos ni mis recuerdos. Compararlo con respirar agua era poco. Y aunque suene exagerado, tuve alucinaciones. Muchos destellos rojos y verdes que no tenían sentido. Se asemejaban a los destellos que me ocasionaban las luces momentos atrás.
Aunque luego pensé: quizás era culpa de la migraña que el trabajo me ocasionó. Durante el viaje en avión, la vista se me nubló varias veces. Además, tras el aterrizaje mi cabeza se calentó como un sauna de azufre. Tal parecía que ni siquiera en la playa podía librarme de la costumbre.
Sentí un poco de alivio, hasta que me hallé al límite de la cocina. Crucé el marco, cegado por sensaciones.
Luego de salir, la oscuridad no se fue. Ni siquiera había luna ahí fuera. O ya siquiera una luz de patio. La única iluminación parecía encontrarse debajo del agua, verde, mientras los destellos de una silueta femenina aparecían y se rompían como burbujas en mi cabeza.
Fue tarde cuando me hallé al lado del agua, viendo a la dueña de esa silueta. Estaba al otro lado, tan lejos de mí. Como si su presencia fuera meramente mi imaginación.
Sentí envidia de la oscuridad que se impregnaba a su traje de baño. El brillo de su piel húmeda purificó de estelas mis ojos, hasta buscar una cura para mi ceguera. Pude sentir a su cabello serpenteante recórreme la espalda, sacarme la lengua y reposarla sobre su cuello. Y aunque no había razón para percatarse de este detalle, la palidez de su alma me hizo darme cuenta de que tenía los ojos rasgados.
Brillaron verdes… de un verde más verde que la piscina.
Esperé a que se moviera para asegurarme de que no fuera una alucinación de la migraña, hasta que… pude confirmar luego de un rato que la mujer era real.
Platicaba con otro hombre, quizá su novio. Y aunque no se les notaba cercanía, no había que ser un genio para darse cuenta de que un hombre y una mujer juntos casi siempre eran pareja. Y más en una fiesta. ¿Quién iría con su familia o con una amiga sin intenciones a un lugar así?
Me hiperventilé por lo sofocante del asunto. Hundido en destellos y colores duales que no me llevaban a nada. Me sentí de nuevo como un caballo. Como un pobre ser que solo podía
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resistir. Admití mi derrota a los segundos. Esa mujer tenía el tipo de rostro que no se podía olvidar, aunque quisiera. Esa familiaridad que se anhelaba con la pasión de un asesino.
Me sentí más solo que antes.
Traté de calmarme, disimular mi sorpresa. Tomé un vaso rojo y me serví del coctel principal de la fiesta. Una combinación rara entre licores de hierbas, granadina y jugo de manzana. Me drogué con ese olor para que el cloro dejara de enervarme los circuitos.
Voltee a verla de reojo de nuevo. Si no le hablaba esa noche, me iba a arrepentir toda la vida. Aunque… si era una turista de otro país, y hablaba inglés, tendría que meterme a lenguas desconocidas. En mi trabajo ocupaba el inglés, y no era que no supiera, pero hablar con la naturalidad requerida, con las palabras exactas, con la precisión decidida, era algo que incluso en el español se me dificultaba.
Y sumado a eso, debía agregar la variable de que ella supiera inglés de igual manera.
Me percaté estúpido, y ahí pude saber que la gente de adentro me contagió con su enfermedad. Negué con la cabeza y pensé qué decir o cómo acercarme.
Volteé tras un rato, como un acosador sin malas intenciones, y me di cuenta de que estaba sola. Quizás rechazó al tipo con el que hablaba. Quizás él solo fue al baño.
Daba igual; debía tomar una decisión rápido.
No pude. No podía.
Puse en garra mis pies y desgarré la plataforma de mis sandalias. Palpé mi short que se veía verde con la oscuridad, y sacudí mi camisa floreada de color rojo que ahora estaba negra por la iluminación. Apreté los párpados. Quería volver al trabajo. Pero era estúpido.
En esa empresa me habían tratado mal desde que entré: encargaban siempre trabajos inhumanos. Joe, haz esto. Joe, haz lo otro. Siempre lo mismo. Pero de dos años hacia acá parecían haberse ensañado conmigo. Odié a mi rutina en ese instante. Odié a esa empresa. A fin de cuentas, sin mí estarían mucho mejor. Le encargarían a otro el papeleo, las finanzas. Por fin dejaría de ver cada día cómo aumentaba el precio de las tarjetas RAM, sin poder comprarme alguna computadora decente, o alguno de esos robots asistentes culpables indirectos de la subida de precio. Dejaría de lado soportar las protestas en contra de los robots, que aumentaban el tráfico por las mañanas. Las conspiraciones que hablaban sobre un proyecto secreto del gobierno. Algunos decían que los robots tarde o temprano generarían conciencia, y planearían escapar a otro planeta sin humanos. Sonreí por creer en ese video conspirativo.
Pero… no podía dejar la empresa. No podía. Jorge trabajaba en ella, aunque en un puesto más alto. Él quiso ayudarme a subir en la escala empresarial pero poco podía hacer… dejarlo solo era traicionarlo. O quizá… la verdadera razón por la que no quería dejar la empresa era mi obsesión a la costumbre.
Si los humanos no pudieron lograr el viaje interestelar, quizá los robots sí… oí decir a Jorge en tono de burla hace meses sobre ese video. La verdad es que estaba sofocado con todo. Escapar con esos
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robots no estaría mal. Si querían estar fuera de los humanos, si no se sentían a gusto con ellos, ¿para qué detenerlos?
Aun así, esa playa parecía ser un escape para los humanos.
Luego de que el caos dentro mío se calmase un poco, voltee de nuevo al otro lado de la piscina con la esperanza de no verla ahí. Quizá me sentiría mal, pero era lo mejor.
Para mi mala suerte ella me miró. Pareció reconocerme con la mirada, quiso decir algo, no sé si a mí o al viento, pero cerró la boca y se desvió hacia los arbustos negros del jardín.
Reflexioné un instante… no valía ya la pena darle más vueltas. Toda mi vida había cargado con las consecuencias de los demás. Papeleo, problemas. Por primera vez, al verla, me sentí leve.
Y así, sin cargas, sin pensamiento, actué.
Me dirigí hacia el agua, la rodee a pesar de mi temor. Pero, antes de llegar a ella, sentí que algo me detuvo de atrás.
Me giré.
Era un hombre, más alto que yo, con una barba negra que no reconocía. Sus ojos brillaron, aunque no supe la fuente de la luz, y con los parpados temblorosos, preguntó:
—¿Joe…?
No conocía de nada a ese hombre. No era alguien familiar, y, sin embargo, pude sentir cada ápice de tristeza en la dicción con la que pronunció mi nombre. Me tomó por los dos hombros y luego me abrazó como si no me hubiera visto desde hace años.
Dejó de abrazarme de repente, y tornó preocupación. Como si se sintiera engañado.
—Pero… ¿cómo?
Tras analizarme con más cuidado, su simpatía se volvió ajena.
—Maldito impostor… —dijo.
Me empujó con fuerza. Caí al suelo, pero no dejé de mirarlo. Mientras las arrugas tristes se enfurecían con las de su nariz, soltó una lágrima. Pensé que me iba a golpear, pero dio un paso hacia atrás.
No supe qué decir.
El hombre apretó los párpados y desvió la mirada. Palideció como nunca había visto a otra persona hacerlo. Volteó hacia el lado contrario de la piscina tras un rato, yo lo seguí con la mirada. Ahí estaba Jorge, que nos miraba con una seriedad aterradora.
El hombre de barba fue en su dirección, rápido. No sentí malas intenciones en él, pero sí me percaté de una furia insaciable. Luego de que se encontraran frente a frente, vi que el hombre le gritó a Jorge, pero por el ruido de la fiesta no escuché lo que decía. Jorge se mantuvo calmado, y le habló como si lo conociera. Yo, ya reincorporado de la sorpresa, volteé a donde avisté a la mujer.
Se había marchado.
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Ni siquiera me molesté en levantarme. Gateé hacia el lugar como si todavía pudiera hacer algo para encontrarla. Me hiperventilé cada vez más. Negué con la cabeza. Busqué en el suelo. Sentía que el agua me tragaba, y tuve la ligera necesidad de romperme en llanto.
No entendía por qué me afectaba demasiado. Paralizado miré al suelo, como si nuestra oportunidad estuviera enterrada ahí, y sin muchas ganas, voltee con Jorge. El hombre barbón me lanzó una última mirada, varias lágrimas salieron de él y luego se fue sin decirle nada a Jorge o a mí. Por el peso de su rostro, pude percatarme de que no volvería a verlo en la fiesta.
Fui con Jorge, aún con el corazón roto por esa desgracia, y le pregunté con la curiosidad molesta:
—¿Qué te dijo?
Jorge miró al agua y cerró los ojos, resignado. No sabía si tenía ganas de llorar, si ese hombre le había dicho algo que lo hiciera sentir miserable. Volteó conmigo y entonó consolación.
—Nada importante. No te preocupes… ya lo conoces…
—¿Conocerlo? ¿De qué?
—¿No lo recuerdas? —Jorge me volteó a ver con extrañeza. A los instantes pareció percatarse de sus palabras y calmó su confusión—. Da igual, Joe. No te preocupes. Solo…
—¿Se supone que lo tengo que conocer?
—No te preocupes…
Cansado por la distracción de ese maldito, con el peso en mi espalda de vuelta, y con la posibilidad de vengarme, le grité a Jorge:
—¡¡Dime quién era!!
Lo sostuve de los hombros sin darme cuenta. El volteó a verme, alerta, como si fuera un extraño. Como si en verdad me tuviera miedo. Me calmé un poco; fue exagerado e infantil de mi parte, pero había conocido por varios años a Jorge, así que le pedí:
—Dímelo, así no lo recuerde.
—No era nadie.
—¡¡Dime!!
Jorge exhaló, acorralado. Un recuerdo pareció distraerlo varios segundos hasta que tuvo el valor de mirarme directo a los ojos.
—¿A pesar de que no cambie nada? ¿A pesar de que me odies?
En su elocuencia hallé un sentimiento devastador que me pesó en las piernas.
Asentí con determinación, a pesar de que el miedo envenenara mi saliva.
Jorge rio triste, negó con la cabeza. Y luego de callar un rato, me admitió con la vergüenza de un niño después de alguna travesura:
—Hace dos años tú y yo vinimos a este lugar, a esta misma fiesta. Solías ser muy tímido por aquel entonces, y no te atrevías a hablarle a nadie, sin embargo, esa noche conociste a una mujer. Solías decirme que tenía el tipo de rostro que no puedes olvidar. Que tenías miedo de ver todo color rosa. Tuviste una relación con ella durante todas las vacaciones, nunca te había visto tan… ajeno a
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ti. Ya ni siquiera querías volver de vuelta conmigo a la ciudad, tampoco te importaba ser despedido de la empresa.
Jorge rio, pero su risa se desvaneció mientras continuaba:
—Sin embargo, el último día, ella dejó de contestarte los mensajes. La citaste en la playa donde siempre se veían, pero ni siquiera se despidió. Al final regresamos a casa. Días después tuviste contacto con ella. Me dijiste que ella no pudo contestarte el último día debido a un problema familiar, pero que deseaba verte de nuevo. Comenzaste una relación a distancia. —Jorge miró al suelo y yo dejé de sujetarlo—. Siempre me contabas tus ilusiones, tus miedos, tus enojos dentro de la relación. Al final de ese agridulce tobogán, tras casi un año de relación, te noté devastado. Esa noche me dijiste que ella te había estado engañando con varios hombres. Yo traté… —los labios de Jorge temblaron—, yo traté de hacer todo para que te sintieras mejor, pero no pude. Dijiste que preferirías morir antes que entrar a otra relación. Pensé que solo era un sentimiento pasajero. No te tomé importancia.
Jorge paró de hablar. Luego de cerrar los ojos y tragar saliva, continuó:
—Tras un día duro en el trabajo, llegaste a tu departamento. Yo rentaba al lado, por lo que pude haber hecho algo, pero… no me percaté de lo tanto que la extrañabas. Esa misma noche toqué tu puerta, pero no contestaste. —La voz de Jorge tembló. Iba cada vez más rápido—. Me preocupé y llamé a la recepción para que pudieran darme otra llave. Tras abrirla te busqué. Juro que te busqué… entré a tu baño, y… —Las lágrimas de Jorge fluyeron mientras se contraía—. Estabas en la bañera, al fondo del agua. Aún con los ojos abiertos. Corrí a ti, te saqué. Sentí tu piel… estaba fría. Te juro que llamé al hospital lo más pronto que pude, pero a pesar de eso, a pesar de que te auxilié… ya habías muerto.
Pese a lo ilógico de su confesión, no sentí que me mintiera. Tampoco negaré que me sentí extraño… pero desde hacía tiempo que me sentía extraño con todo. Mi cuerpo, mis destellos. Sin embargo, antes de sacar mis conclusiones, Jorge me miró. Siguió con la voz rota:
—Dejaste una última carta. Tu deseo fue verla una vez más, pero al parecer te había bloqueado de todos lados; el último mensaje que le enviaste tan solo tenía las siglas DYKILY. Yo… no pude soportar perderte. No pude, Joe. Debía cumplir tu último deseo. Busqué por todos lados para hacerlo realidad. Te lo debía.
»En la empresa donde trabajábamos había un proyecto del que solo se hablaban rumores. La transferencia de conciencia a un robot. Ya se había hecho antes, pero requería mucho dinero, sin embargo, logré hacerlo… logré transferir tu conciencia con ayuda de nuestros amigos dentro de la empresa. Nadie más se dio cuenta, ni siquiera el jefe. Te saqué de la producción general. Lo logré, Joe.
Jorge me miró con una sonrisa frágil, a nada de romperse; como si Joe no estuviera muerto. Y me abrazó. Se rompió en llanto.
Ahí entendí que no era más que la reminiscencia de alguien muerto. Asimilé las cosas mejor de lo que imaginé. Después de todo, explicaba muchas de mis dudas. Pero… no negaré que me
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siento como Joe. No hay nada en mí que no estuvo en él ya. Incluso, en mi imperfección, siento que faltan cosas de él.
No entendí como sentirme en aquel instante, y tampoco entendí si eso se debía a mi naturaleza o a los recuerdos de Joe.
—Tras lograr traerte de vuelta —continuó Jorge—. Busqué por días para ver si encontraba a la mujer, pero pareció haber desaparecido de todos lados. Ya no publica nada en sus cuentas, pero escuché a un amigo suyo decir que ella vendría aquí. Esta noche.
»Aquel tipo que te empujó hace unos momentos es Frank. Era amigo nuestro, nos apoyó para que nos quedáramos en el hotel California, cerca de la costa, hace dos años… solíamos quedar después del trabajo para jugar videojuegos todas las noches. Quizá no lo recuerdes porque la transferencia de consciencia no es perfecta: varios de tus recuerdos sobre lugares o personas ya no están. Pero eso ayudó a no sentirte triste. Frank… quedó devastado luego de tu muerte y no quiso ayudarnos a crearte, pero no se compara a lo que yo siento.
Miré sin expresión a Jorge. Traté de comprender su actitud; si había hecho algo malo, o bueno. Él me miró con las cejas caídas, y me suplicó:
—Joe… por favor. Vete de este lugar antes de que Frank llame a la policía. Si te descubren, dejarás de existir.
—¿Por qué? —dije, quizá por instinto. Sentí algo parecido al enojo—. ¡¿Por qué lo ocultaste todo?!
Tomé a Jorge por los hombros, lo apreté, pero me contuve. Él dio un quejido, y me dijo:
—Si queda algo de ti en ese cuerpo… tan solo perdóname. Si crees que merezco morir por ser un mal amigo, mátame.
Su enajenación a mí identidad me resultó dañina. Aun así, ¿cómo un robot podía sentir algo? Quizás tenía razón. Yo, el caballo de Joe, no era más que la carga de un hombre ya muerto. Ajeno a todos, y a la vez, tan cercano al dolor. O… quizás eran esos los sentimientos del verdadero Joe. Sentimientos de alguien que no pudo atreverse a saltar al agua. Y la única vez que lo hizo, terminó ahogado.
Pero si yo no podía pensar, si todo esto era una simple ilusión del verdadero Joe, esa necesidad de actuar se mantenía más firme que las dudas o los errores humanos de Joe. Y, aun así, a pesar de ser un simple caballo, me enamoré. Quizás fue Joe, o fui yo, pero daba igual. Me enamoré de esa mujer, y aunque no sabía si se trataba de la misma mujer que Joe conoció, tenía tanta familiaridad que necesitaba buscarla. Era la pieza que me faltaba en mi inútil existencia.
Solo así sabría que no era más que un simple caballo.
Sin la cercanía de antes, le dije al mejor amigo de Joe:
—Creo que vi a la mujer de la que hablas.
Jorge, a pesar de estar devastado por todo, me apretó los brazos y dijo:
—Ella es la culpable de todo, Joe. Entiende. ¡Debes huir para que no vengan por ti! Si te quedas más tiempo, puede que te capturen y no vuelvas a…
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—No.
—¿Qué?
El mejor amigo de Joe trató de detenerme, pero lo aparté al agua. Cayó a la piscina, y pronto quiso nadar hacia mí. Corrí de inmediato adentro de la fiesta a pesar de que todo se desvaneciera a negro.
Los destellos volvieron, cada vez más rotos hacia dos años al pasado. Pude sentir besos pixelados en sensaciones ya escasas para mi memoria. Pude saber que el pasado de Joe no dejaba ni siquiera la cama durante sus pesadillas. Sentí la ira de Joe gritarme que ella no podía volver a menos que su frente tocara el suelo una y otra vez.
Me divisé en un viaje temporal.
La música era la misma, las sensaciones igual. Pero yo no era yo.
Si era solo la silueta de un hombre, ¿de qué servía enamorarse? Dudé varias veces, pero el impulso eléctrico me hizo actuar más rápido.
Busqué por todas las habitaciones, de lado a lado, a pesar de que el tiempo apremiara. Traté de ver en mí si había un sistema integrado con visión nocturna o características más fantásticas de un robot… pero lo único que encontré fue un cascarón vacío con apenas fragmentos de Joe. Acciones irracionales sin más característica que la necedad.
Los destellos convergían a sensaciones que me rompieron más mi circuito integrado, empecé a dudar si en verdad yo no podía albergar un corazón. Dolor, felicidad. Todo se combinaba en una espuma que cada vez cubría más mi rostro con ondulaciones que penetraban más y dañaban tiernamente. El rostro de ella, de la culpable, se clarificaba con cada pizca de Joe. Hasta que por fin recordé su nombre. Nanako.
La primera vez que Joe le preguntó su nombre fue en esta misma playa, en esta misma costa, mientras fumaban. Pude oír su voz agridulce decir a Joe que Nanako significaba algo relacionado a la naturaleza y las manzanas. Ahí pude ver un instante su cara: me pareció ver a la misma mujer de hace un momento. Quizá era la misma, quizá podía recuperar el poco amor de ella. Quizá, si tan solo me amara mejor, al nuevo Joe, todo sería distinto.
El destello de ese recuerdo se oscureció, hasta que alguien abrió la puerta central de la casa.
Volteé a ver. Ahí estaba: la misma mujer de hace unos instantes. Nanako. Su cabello, su traje de baño cubierto por una tela semitransparente visible solo gracias a la luz de afuera. Corrí hacia ella, con la fuerza y libertad de un caballo que, por primera vez, no se avergonzaba de ser uno.
Como el último de una raza en extinción tratando de buscar entre la maleza a su ideal.
Me pareció escuchar a lo lejos sirenas, pero no eran como en los cuentos de piratas, o como las que escuché de algunos barcos.
Tras el terminador de la casa, vi a esa hermosa mujer de ojos rasgados, solitaria, fumando un cigarro. Antes de que siguiera hacia la luz de los faroles, la interrumpí con un toque. A pesar de que su rostro permanecía borroso, Joe no podía olvidarla tan fácil. Y aunque fuera la culpable indirecta de su muerte, dije sin miedo y con la típica ternura de Joe:
—Nanako…
Nanako volteó a verme, con esa mirada que purificó mi interior. Sus ojos afilados me parecieron despreciar, aunque no había razones ni algo en el ambiente que me delatara, y mientras soltaba su cigarro, mientras el asfalto negro carcomía la soledad y los gritos de la fiesta, me dijo:
—¿Quién es Nanako?
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