1. EL RENACIMIENTO UNIVERSAL.
“Lo que nos hace grandes es el hecho de que podamos ver lo pequeños que somos”.
— Carl Sagan.
“Lo que nos hace grandes es el hecho de que podamos ver lo pequeños que somos”.
— Carl Sagan.
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—Pensé que eras sordo —dijo Osmar entre risas. Se acercó a su oreja—. Parece que Dios sí castiga dos veces.
Alfredo tuvo un deseo inocente de clavar su compás en el ojo de Osmar: ya escuchaba la suave carne crujir y a su alma rogar que se detuviera. Pero su cuerpo no se movió. Había recordado que su madre le aconsejó nunca rebajase ante personas así. La burla le quemaba las entrañas, pero no servía de nada apuñalarlo en clase; le darían una expulsión definitiva de la escuela si lo hacía. La última vez que se peleó con Osmar fue porque acosó a Itzel, y no terminó nada bien.
Aun así, en lo más profundo de su corazón, Alfredo sabía que no era el miedo a ser expulsado o decepcionar a su madre lo que lo paralizaba, sino el miedo a ser humillado con mayor gravedad. Incluso si la humillación y la burla ya eran ruidos familiares, de alguna forma seguían causándole mucho pavor. Había perdido la cuenta de las veces en que personas como Osmar le habían hecho la vida imposible. No entendía por qué la gente actuaba así: él no se metía con nadie. Tenía miedo. Miedo de oír ese espantoso ruido salir de sus bocas, insoportable.
Alfredo, después de mirarlo unos segundos, se levantó y con cautela recogió las cosas tiradas. Osmar lo empujó con el pie. Él cayó. Todos sus amigos se rieron, pero el salón estaba ciego. Alfredo cerró los ojos y frunció el ceño, para después tragarse su amargura.
La maestra entró al salón y preguntó por Alfredo. Éste se levantó sin voluntad para decirle algo; Osmar hizo como que no ocurrió nada. Al verlo, la maestra le pidió que fuera a orientación. Todos hicieron un ruido de sorpresa; una burla con pasos extra. Alfredo no quería mirar de reojo a Osmar porque sabía que su maldito rostro tenía una sonrisa. La maestra regañó a los demás y les dijo que no era algo que les incumbiera. Alfredo se sorprendió por eso: era la primera vez que lo hacía. Sin embargo, seguro era porque su regaño sería peor. «¿Ahora que hice?», se preguntó mientras salía.
Bajó las escaleras temeroso de su destino. Cruzó el pequeño observatorio escolar y llegó al cuarto de Orientación. Ahí pensó que si tuviera dinero la vida sería más sencilla, puesto que Osmar siempre salía de situaciones así a causa de sus padres. El mundo estaba podrido, y quizá por eso entendió las palabras y la reacción de Zofía ante la periodista.
Tras tomar asiento, la Orientadora lo miró como si tuviera que pedirle disculpas. Alfredo distanció sus pensamientos de rabia. Supo que no lo iban a regañar, pero temía por cualquier alternativa.
Después de un momento en silencio, con un acento preocupante y volumen bajo, ella le comentó:
—Alfredo. Tú tienes una relación de amistad única con Itzel, ¿no es así?
Alfredo se limitó a asentir con la cabeza. La orientadora continuó:
—Su madre llamó esta mañana. Nos dijo que Itzel te llamó durante la noche. Tú no contestaste, supongo que estabas dormido… Sé que no es el mejor momento para decirte esto, pero… su madre me pidió que te dijera que...
Todo fue muy confuso después de aquel ruido borroso de su boca. Primero una maraña de largas, y luego, el mensaje. Cada palabra que soltaba era una blasfemia al oído, ridícula en todos
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los sentidos. Un sudor frío recorrió el sendero de sus manos hasta desembocar en su herida. Su mirada se perdió en cuestión de segundos. Como cualquier persona, al principio creyó que era mentira, pero tras ver la seriedad de su orientadora, supo que era imposible volver en el tiempo. Era imposible hacer algo ya.
Solo reafirmó su pensamiento anterior.
—¿Estás bien, Alfredo? —preguntó la Orientadora como si tratara de consolarlo.
—Sí —respondió. Una sonrisa artificial se figuró en su rostro, como si un fantasma lo tuviera amenazado. No supo de dónde vino esa actitud. ¿En qué pensaba? ¿Acaso había escuchado un maldito chiste?
—Si necesitas a alguien, tú sabes que siempre estamos aquí para…
Alfredo se puso de pie y fue al salón. Durante el camino, no lloró ni tuvo ganas de hacerlo, contrario a lo que pensaba. Era extraño, pues quizá no asimilaba aún ese nuevo sentimiento. Supo de inmediato que la orientadora solo actuaba así porque se percató de la realidad, pero, como cualquier adulto ahí dentro, no parecía hacerlo de corazón.
En el salón tuvo la ligera necesidad de llorar, pero él nunca fue de mostrarse débil ante la gente. Aun así, sus labios temblaron de arriba hacia abajo mientras la profesora daba la clase. Sabía que hasta ese momento todo era su culpa: un cobarde que no tuvo las agallas para defenderla, o de siquiera responder a sus llamadas. Solo se quedaba parado, esperando, igual que una inútil roca. Quería llorar hasta llegar a su casa, pero ni las clases ni Osmar servían de distracción para alejarlo de eso. Si tan solo se hubiera desvelado un poco más, o tomado café para no dormir…
Todo debía ser mentira, pues ¿quién podía aceptar que las cosas terminasen así? Después de ver en su celular el mensaje que la madre de Itzel le acababa de mandar, Alfredo supo que ahora vivía el futuro, y que todo el peso del mar pronto caería sobre su espalda. Se levantó de su butaca y corrió al baño. Corrió sin parar ni dudar de su decisión. A mitad de camino, las lágrimas comenzaron a salir como ríos en silencio. Se encarceló en uno de los retretes. No sabía cuánto tiempo pasaría ahí dentro, pero rezaba para que nadie lo viera humillarse.
Por desgracia, Osmar lo había seguido desde que salió. Alfredo oyó sus pasos y subió las piernas a la tapa del baño con la esperanza de que pasara de largo. Osmar tocó con agresividad su puerta.
—¿Hola?, necesito entrar a hacer pis. ¿Quién está ahí? ¿El sordo no para de llorar?
Alfredo cerró los ojos y tapó sus oídos, pero aún podía escuchar a Osmar llamarlo. No reaccionó sin importar qué dijera, pero era tan molesto al punto de que el ruido se tornaba insoportable. Entre una de las tantas cosas que dijo, por desgracia, Alfredo alcanzó a oír:
—¿No vas a salir de ahí? ¿Lloras por qué la puta de tu amiga no ha querido coger contigo? No te culpo. Aunque es bien zorra. La buena para nada no me dio el gusto de levantarle la falda hoy.
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Alfredo, que hasta ese momento temblaba, relajó el cuerpo. Quitó las manos de sus orejas y bajó los pies, rendido. Con sus dedos, apreció el filo del compás en su muñeca y lo pensó.
Quizás ya era suficiente. Quizás iría al infierno… pero nunca más volvería a ser un cobarde.
En la oscuridad oculta de su capucha, sus ojos ámbar fijaron con indiferencia la puerta, luego, una mirada sanguinaria, hambrienta de fuego, se formó. Cual águila lista para atacar, los párpados rojos se entrecerraron como la palanca de una granada.
Tras la mínima pizca de ruido que pudo oír de su horrenda boca, no esperó más. Se puso de pie, quitó el seguro de la puerta, y empujó con fuerza. Osmar cayó de espaldas, lo miró desde el suelo como si el estúpido no entendiera su cambio repentino de actitud. Alfredo le regresó la mirada: su respiración se agitó, rabiosa con solo ver ese maldito rostro. Odiaba la inmadurez, odiaba la gente que abandonaba gatos, se odiaba a sí mismo.
Odiaba a personas como Osmar.
Alfredo lanzó un grito a la muerte. Se abalanzó hacia él sin dudarlo, y de manera repetida, lo apuñaló con el compás en la cara y en el pecho mientras le gritaba:
—¡Te voy a matar! ¡¡Te voy a matar, imbécil de mierda!!
La carne se desgarró con lentitud por el pequeño filo. Los alaridos de dolor de Osmar llenaban de eco el baño. La desesperación por el escape debajo de Alfredo. Todo era una sinfonía, un placer lleno del alma agonizante que alimentaba a su voz interior. Era fantástico ver como la sangre se combinaba con su mano después de la tercera herida, donde escuchó a Osmar jadear de una forma tan humillante. Osmar lo golpeó repetidamente, igual le hizo daño, pero nada podía distraerlo de su alivio.
Alfredo sonrió con una macabra satisfacción mientras lo tenía a sus pies.
Pero ahí, el intruso se hizo presente: un dolor de cabeza.
Junto a los gritos de agonía e ira, oyó una explosión que venía del futuro; combinó todo el ruido en el agudo destello de un ángel contaminado por la rabia. Su cabeza explotó, como una estrella al final de su vida.
Ahora lo recordaba... todo lo que vivió ese día era una marca que quiso olvidar ya mucho tiempo atrás. De esas que uno guarda como sueños malos, pero que igual a manchas de café, no se quitaban de la ropa. Entre sus lamentos, Alfredo culpaba una y otra vez a su memoria, que conservaba pedazos de culpa.
Era la vívida sensación de una pesadilla más allá de su vista, del tiempo, y de sus sensaciones.
La alarma de emergencia le gritó que despertara. Una luz roja parpadeante lo condenó desde lejos al infierno de la vida una vez más.
Había vuelto, después de años en un gran sueño que no parecía tener fin.
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