4. MA... TE AMO
Reina y destrúyeme…
— Twenty One Pilots.
Reina y destrúyeme…
— Twenty One Pilots.
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Hielo. Había caído por todo el vecindario y se quebraba en pequeñas gotas cristalinas que escurrían por la superficie de plantas y vidrios.
Esa mañana el sol calentaba menos que de costumbre.
El canto de un pájaro lo despertó. Alfredo, encamorrado, tomó asiento en la cama y prendió su celular: eran las siete y cuarto de la mañana. Su rostro abrumado, aunque pareciera ser acto de la hora, lo había causado una pesadilla. La más horrible, de hecho; incluso miró a su alrededor y se tocó la cara para comprobar su estado. Al no ver peligro, y luego de una inútil notificación de saldo agotado en su celular, suspiró. Se había despertado tarde, como siempre.
«Al menos volví a la realidad» pensó, para después salir de su cama.
En un tiempo récord se vistió, peinó y lavó sus dientes. Alcanzaba quizá todavía a que le abrieran la puerta de la preparatoria si llegaba antes de las ocho. Bajó las escaleras, fue a la cocina y se sirvió un poco de leche para después tomarla de un solo trago. Mientras terminaba, oyó detrás suyo a una voz cansada decir:
—No creo que hayas escondido bien la hoja. —Alfredo volteó. Era su madre, llena de ojeras y con una boleta de calificaciones en la mano—. Me llamaron de la escuela y la encontré debajo del mueble.
Alfredo se quedó en silencio. Con el paso del tiempo la costumbre de ver esos cincos en su boleta lo había insensibilizado; ya ni siquiera se molestaba en mejorarlos.
—Yo... —titubeó Alfredo—. Yo te prometo que en este semestre...
—¡¿Este semestre?! —preguntó su madre—. Me llevas diciendo eso desde la secundaria. ¿Acaso crees que soy tonta? ¿Crees que tu promedio no importa para entrar a la universidad?
—No es eso… —Alfredo desvió la mirada—. Ni siquiera sé qué carrera estudiar. Lo mejor sería salirme y continuar con la mú...
—¡¿Salirte?! —Alfredo se contrajo—. ¿Y todo lo que gasté por ti, qué? ¿Crees que es muy fácil ganar dinero?
—El dinero es una basura —replicó Alfredo—. Yo no pedí que lo gastaras por mí en primer lugar.
Ella inspiró indignada.
—Yo no gasto porque me lo pidas. Yo gasto porque te amo.
—¿Y por qué me reclamas? Fue tú decisión gastar en algo que yo nunca quise.
—Porque quiero que salgas adelante. De amor y sueños no se vive, hijo. La vida afuera es difícil y...
—¡Ya lo sé! Ya sé qué es difícil. No lo repitas. Solo entiende... no sirvo para la escuela.
—Porque no lo intentas de verdad. Eres inteligente y puedes sacar buenas calificaciones, pero...
—No soy inteligente.
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Ella dejó escapar todo el cansancio por su boca. Se acercó a él con pasos tardíos, y lo sostuvo del hombro con delicadeza.
—Hijo… ya tienes dieciocho años. No puedes pensar todo el tiempo que las soluciones te caerán del cielo. Esfuérzate, confía en ti un poco. Yo lo hago porque sé...
—Pues no parece —dijo Alfredo; le quitó la mano y bajó los ojos—. Si lo hicieras, por lo menos hubieras ido a mi presentación.
—No pude ir porque me llamaron del trabajo.
—¿Y entonces por qué molestarse en las calificaciones?
—Hijo, solo fue una vez. Tú sabes que apoyo tu sueño, incluso me agradaría que estudiaras en un conservatorio, pero entiende: de un músico famoso, hay miles que no lo son. Quizá algún día necesites del dinero, por mucho que lo repudies; tu abuelo lo necesitó. No está de más tener….
—¿Y acaso dudas de mi talento? —Alfredo levantó la mirada—. Sí tanto te interesan mis calificaciones, deberías reclamarle a los maestros, no a mí.
Su madre lo miró, y aunque estaba algo molesta, Alfredo pudo hallar cansancio y decepción en los detalles. Ella no hizo más que preguntar:
—¿Por qué te excusas? A ti nunca te faltó nada como a mí o a tu padre. No sufres tanto como otras personas. Hay quien no tiene dinero, lugar donde vivir, papás, o incluso quién lo apoye. Tú lo has tenido todo económicamente y, sin embargo, ¿no puedes tan siquiera pararte a tiempo?
Alfredo sintió un calor en su estómago. Apretó el puño con rabia hasta doblarse la uña. No había razón para enojarse a ese punto, pero su irracionalidad lo contaminó. En el fondo sabía que era verdad.
Sin contenerse, replicó:
—¡Sí, claro! Alguien siempre va a sufrir más que yo. ¡Tú estás todo el maldito día trabajando y nunca me escuchas!
—¡Trabajo para poder cuidarte! Apenas me alcanza para tu ropa y tu comida.
—¡¿Y por qué me tuviste sabiendo que apenas te alcanzaba?! —Alfredo la empujó.
Sorprendida, su madre volteó a verlo. Alfredo tuvo un instante de arrepentimiento: seguramente lo regañaría. O quizá le iba a pegar. Sin embargo, peor a las imaginaciones que su mente creó, ella soltó un simple:
—No lo sé.
Alfredo se quedó inmóvil, y antes de que pudiera contestar, ella continuó:
—Antes eras un niño de buenas calificaciones, muy sociable y alegre. —En su mirada halló desprecio—. ¿Qué fue lo que te pasó? ¿Acaso no puedes superar lo de Itzel?
Hubo silencio. Alfredo hubiera preferido un regaño, un golpe al menos, pero ahí captó, más que en cualquier otro momento, que su mera existencia era un error. Un error de su madre.
Después de ver la tristeza en él, la mirada de su madre cambió lentamente hasta debilitarse en arrepentimiento. En un intento por redimirse, mencionó:
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—Escúchame, hijo, yo... te amo. Perdón si no estoy contigo. Intento hacer lo mejor posible como madre, pero en ocasiones ni siquiera sé si hago lo correcto. Desde que tus abuelos se fueron siento que mi vida ya no puede continuar. —Ella intentó abrazarlo—. Sé del dolor de perder a alguien que amas y no sabes cuánto...
—¡Suéltame, maldita sea! —Alfredo apartó bruscamente a su madre; varias lágrimas rabiosas salieron de él. Ella, cohibida, miró al suelo—. ¡Ni siquiera lo entiendes! Cada maldito día tengo que soportar como un imbécil ocho horas en un lugar donde la gente me trata como basura. No sabes el infierno que vivo cada que me recuerdan que soy un inútil. Y tú… solo soy un maldito error para ti. —Alfredo se acercó a su oreja—. Eres igual de mierda que los demás.
—Yo... —titubeó su madre, tímida y con lágrimas—… lo siento.
Alfredo relajó la expresión; no supo cómo reaccionar. Era la segunda vez que la veía así.
Ella no aguantó más. Se soltó a llorar: tal vez por todo lo que había pasado aquel año. Alfredo quiso abrazarla, pero no se atrevió. Tan solo fue por su mochila al sillón y salió de la casa. Azotó la puerta para dar la impresión de molestia, aun así, él ya no estaba enojado. No supo muy bien de dónde vino aquella acción.
Afuera de la puerta, Alfredo escuchó a su madre llorar en silencio. De su boca salió un «perdóname tanto» que no vio razonable, pues sabía que era culpa de él. Quiso entrar y disculparse, pero a cada segundo la escuela podía cerrar, y no estaba seguro de que ella le abriera. Después de pensarlo tres veces, enojado consigo mismo, Alfredo se fue.
Durante el camino no quiso centrarse demasiado en lo que había pasado, pero estaba seguro de que tenía que hacer algo al respecto. Al llegar al salón, la profesora lo hizo esperar afuera cinco minutos. Ya dentro, Alfredo sintió la mirada de todos sus compañeros. Tenía ganas de gritarles: ¡¿Qué es lo que miran, imbéciles?! Pero, solo por esta ocasión, sentía que ser humillado de esa manera era algo merecido. Caminó hasta su butaca y tomó asiento; Erasmo le pasó el trabajo de la primera hora.
Durante el receso, Alfredo se quedó junto a Erasmo en el salón. Éste último, al notarlo más callado que de costumbre, le preguntó:
—¿Pasó algo?
Alfredo suspiró y se recargó sobre el asiento.
—Mi madre y yo peleamos en la mañana por las calificaciones que saqué.
—Oh… lo siento. —Erasmo intentó decir algo más, pero, al tratarse de algo así, era incapaz de darle algún consejo.
—Como sea. No me hice ni siquiera algo de almorzar.
—Te invito algo, bro.
—No, gracias.
—Anda, tú pídelo. Aquí lo que sobra es dinero.
—Ahora estoy tan preocupado que no puedo ni siquiera comer. La universidad ya está fuera de mis alcances y tengo el promedio en la mierda.
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—Puedo ayudarte a estudiar. Hasta el profe Víctor te ayudaría si se lo pides.
—No creo que quiera... él tiene mucho trabajo.
Alfredo se quedó en silencio mientras divagaba. Después de un rato, le preguntó a Erasmo:
—¿Tú cómo supiste qué carrera estudiar?
—Pues… desde pequeño me ha gustado la matemática por el cálculo. También me llamó la atención la física; mi padre me dice que soy bueno en ella. Además, carrera que da dinero siempre es buen partido.
Alfredo quiso usar la misma lógica consigo, pero realmente no encontraba algo que le interesara. Solo le llamaba la atención ser artista, por la banda que tenía; o ser creador de contenido en internet o comediante, porque siempre había querido hacer reír a la gente. Sin embargo, esos eran los rasgos que quizá todos los fracasados compartían. A fin de cuentas, se preguntaba: ¿por qué el mundo tenía que funcionar así? ¿Por qué tenía que ir a la escuela y llamar a personas desconocidas sus compañeros, si al final de cuentas todos competirían por un trabajo en el futuro?
—¿Crees que sea demasiado tarde para mí? —preguntó Alfredo mientras buscaba algo en su mochila.
—No creo, puedes buscar alternativas o trabajar en otra cosa. Un amigo de mi papá abrió un restaurante y gana en una semana lo que un doctor en dos meses.
Alfredo encontró una bolsa de comida que le había preparado su madre para ese día. Su mirada decayó aún más en la profundidad del arrepentimiento.
—¿Tú sabes… cómo puedo disculparme con mi madre? —preguntó Alfredo sin dejar de mirar la bolsa.
—Quizá puedas decirle lo que sientes directamente, o también puedes hacerle una carta.
—¿Una carta?
—Pues… la gente suele hacer cartas cuando no pueden decirle directamente las cosas a la persona que hirieron.
Erasmo no estaba seguro de lo que había dicho, de hecho, en ese instante pensó que su consejo era una basura, pero Alfredo lo pensó.
Convencido, a los segundos, Alfredo le dijo:
—Sabes, tienes razón…
Durante la clase, Alfredo escribió una carta. Incluso trató de evitar faltas de ortografía, ya que no era especialmente alguien bueno en ello. Se la entregó a Erasmo para que le diera su opinión y lo corrigiera. Erasmo no pudo leerla en el momento, así que la guardó en su bolsillo.
Cuando salieron de la escuela, Erasmo y Alfredo se reunieron con Alberto en el parque al que siempre iban. Juntos jugaron con el balón de basquetbol de Erasmo: ganaría quien hiciera más canastas. Alfredo no participó porque Erasmo siempre les ganaba. Además, estaba tan nervioso que ya quería llegar a su casa, pero al menos esperaba a que Erasmo le diera su opinión. Dudó si la carta había sido buena idea: para empezar, ni siquiera sabía escribir, y le pareció demasiado cobarde y estúpido no decirle a la cara las cosas.
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—¿Tú también andas muy callado hoy, no? —Erasmo le lanzó el balón a Alberto.
—No es nada —respondió Alberto—, a mi tío le urge que vaya a la casa. No sé qué chingados quiere.
—¿Y piensas ir?
—Nah.
—Oigan… —dijo Alfredo con decisión—, creo que me iré a casa.
Erasmo cayó en cuenta de que no había leído su carta y creyó que se había molestado. Antes de que se fuera, corrió a él mientras le gritaba:
—¡Espera! ¡Todavía no te digo mi opinión!
Alfredo volteó a ver a su amigo y le dijo:
—No te preocupes, voy a…
En ese instante, un destello lejano fulminó el horizonte. Alfredo pudo verlo, pero al igual que Erasmo, no tuvo tiempo para reaccionar. Ambos fueron aturdidos de inmediato por un ruido lleno de lamentos, agudo y sin alma: como el canto de una mujer. Con un odio profundo, la tierra retumbó desde sus entrañas. Alfredo sintió a todo su cuerpo vibrar y derrumbarse ante la inmensidad de algo así. No obstante, con el casi nulo control de su cuerpo miró hacia donde el destello había dado una señal de vida. Estremecido, tan solo vio a una luz que se acercaba rápidamente a ellos, irradiando el calor de un infierno calcinado. Después, en un suspiro repentino, hubo nada.
Todo fue oscuridad.
***
Alfredo sintió la regresión a ese día mientras miraba la carta entre sus manos. Pensó que lo mejor hubiera sido no recordarlo nunca.
En las imágenes de la proyección se mostraba su hogar, derrumbado. Entre los escombros había dos personas muertas; una tenía una varilla que le atravesaba el cuerpo: su madre; y otra a la que solo se le veía la mitad de su cuerpo: su padre. Alfredo se soltó a llorar entre gritos; sus lágrimas mojaron el arrugado papel; lo apretaba con rabia. Quería sacarse los ojos, mirar a otro lado, pero sus ojos no se apartaban de la pantalla, aunque él quisiera. Podía verlo, podía sentir el rostro completamente destrozado de la persona a la que más amó. Alfredo se tiró al suelo vuelto una piel de emociones, lacerando sus lamentos en el piso. Alaridos tan desgarradores salieron de su alma y recorrieron la espalda de sus amigos. La discreción era un lujo que no podía permitirse.
Después de oír a su amigo llorar varios segundos, Alberto le reclamó a Jonathan:
—¡¿Por qué mierda le muestras eso de forma tan insensible?!
Jonathan cambió de imagen. Una por una les mostró los escombros de su pueblo. Había muchas imágenes de personas muertas y viviendas destruidas.
—¿Yo soy el insensible? —preguntó Jonathan mientras lo miraba—. Tú no le dijiste al pobre que su familia murió cuando claramente ordené que lo hicieras.
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