1. EL RENACIMIENTO UNIVERSAL.
“Lo que nos hace grandes es el hecho de que podamos ver lo pequeños que somos”.
— Carl Sagan.
“Lo que nos hace grandes es el hecho de que podamos ver lo pequeños que somos”.
— Carl Sagan.
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son posibles candidatos para que podamos mudarnos en un futuro lejano, quizás cuando el sol agote su combustible. —Zofía apartó la vista y miró al suelo como si hubiera visto un insecto extraño—… Pero no quiero adelantarme mucho al futuro. Sería imposible que esos planetas sean sostenibles de no ser porque el ciclo de la vida está presente en ellos. ¡Pueden contener vida! Inteligente o no, no lo sabemos, pero sea cualquier opción, debemos de ser cautos.
»Y sobre tu última cuestión, planeamos buscar una forma de viajar a los planetas con fines de explorarlos. Ya estoy en proceso de ello, y creo que no será tan difícil después de todo. Aunque, como dije, no quiero adelantarlos a una posible colonia en ellos.
Una periodista se interpuso rápidamente y preguntó:
—¿Por qué? ¿No considera mejor centrarnos en buscar cómo colonizar aquellos planetas? Usted dijo que podrían ser candidatos para mudarnos en caso de una catástrofe.
—Sí, lo dije... —Zofía cerró los ojos durante un momento, resignada, como si el insecto la hubiera picado—. Pero sería muy apresurado buscar colonizar uno en este momento; ya tenemos un centro de investigación en la luna y varias organizaciones planean la colonia de marte. BIMOL tiene otros planes: investigar los planetas por meros fines científicos. No sabemos si las formas de vida son amistosas. Y aunque lo fueran, podrían ser vida espejo, o estar compuestas de antimateria.
—Pero ¿qué pasaría si los problemas actuales nos rebasan? —continuó la periodista—. La sobrepoblación, la guerra de Rusia y Reino Unido, el cambio climático. Si son una empresa que ayuda a la humanidad, ¿por qué se centran tanto en mirar las estrellas y no ayudan a buscar una solución aquí? ¿De qué sirve explorar los planetas si no pueden ayudarnos a sobrevivir?
Hubo silencio. Alfredo estaba tan metido en aquella conversación que no se había dado cuenta de la cantidad de café que le había puesto a la taza. Fue una desgracia, pero no lo suficiente como para hacerlo apartar la mirada.
* * *
Todos los periodistas mantuvieron los ojos fijos en su esposa. Jonathan, que estaba al lado de ella, sintió su mano sudada. Estuvo a punto de contestarle a la periodista en su lugar, sin embargo, antes de que pudiera mover la lengua, Zofía le acarició la mano por debajo de la mesa. Él se detuvo, volteó con sorpresa. La miró y calmó su expresión. Le devolvió la caricia.
Zofía, por su parte, acomodó sus lentes rojos con calma, y después de una leve exhalación audible en el micrófono, contestó:
—En dado caso que colonicemos un planeta con éxito, sin contar todos los posibles riesgos que te acabo de mencionar, ni las limitaciones que tenemos para llegar hasta ahí, considero que mucha gente seguiría sin apreciar a los planetas y recursos del universo. Sí, ya descubrimos planetas similares a la tierra, pero no hay ninguno como el lugar donde nacimos. La tierra es muy hermosa y todavía no estamos listos para dejarla. Sobre tu segunda cuestión, bueno… —Zofía soltó una risa; no sabía ya cuántas veces había contestado esa pregunta—, las cosas fundamentales de la naturaleza que tú consideras insignificantes te han ayudado demasiado: la
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energía nuclear que obtenemos de las estrellas es una de ellas, igual que el superconductor a temperatura ambiente. Esas cosas no existirían si antes no hubiéramos intentado hacer preguntas que en su momento se consideraron insignificantes. Y como mi padre bien dijo alguna vez… la ciencia busca explicar las cosas, no utilizarlas.
—Pero la energía nuclear…
—Si hoy en día no se usa la energía nuclear a escalas masivas es por culpa de un grupo reducido de gente que no quiere ver a su dinero irse, y por las implicaciones de cambio en trabajos actuales. Estoy segura de que en unos años este método para generar energía será más aceptado en todo el mundo.
Aquellas palabras, que se volverían reales, sentenciaron esa discusión. La periodista hizo un último intento por contradecirla, pero su boca abierta sólo alcanzó a manifestar un ruido entrecortado. Zofía continuó:
—En cuanto a tu otra pregunta, creo yo que BIMOL busca lo mejor para la humanidad dentro de lo que puede hacer y para lo que fue creada. Si yo fuera política, intentaría ser la mejor en mi trabajo. Si fuera médica, lo mismo. Si cada persona del planeta apoyara a hacer su trabajo como debe, no habría la necesidad de cargar la culpa a otras personas por cosas que les competen a ciertos organismos. —Zofía, después de reparar en su actitud, paró. Miró a la periodista de nuevo, pero esta vez, en lugar de expresar alegría, su mirada y su voz se tornaron lentas—. ¿No lo crees?
La mujer se quedó callada. Todos los periodistas intentaron hablar de inmediato después de esa pregunta.
* * *
Alfredo admiró la forma tan bella y humillante con la que le había contestado. Pero notó que la expresión de Zofía no concordaba con el momento. Le recordó a Itzel: una expresión triste, como si no fuera digna de estar ahí, en el lugar de su padre. Quizá la hizo porque aquellas palabras quedarían con marcas de fuego en los titulares de noticias, y que no la verían más que un medio para el morbo.
Esa sería la primera impresión que tendrían de ella como dueña de la empresa.
Por suerte, todo estaba por acabar.
La última pregunta la escogió Zofía. Señaló a un periodista barbón con mirada humilde al que le temblaba la mano.
—¿Podría darnos más detalles del proyecto que tiene planeado y su funcionamiento?
—Como dije —retomó con calma Zofía—, quiero tener contacto con los planetas y explorarlos. El método planeado es difícil, pero efectivo. Usaremos agujeros de gusano como los que se emplearon en los telescopios enviados al espacio y la luna. También utilizaré los motores de curvatura para viajar a los planetas. Descubrimos que el aprovechamiento de la energía negativa es más efectivo en ciertas condiciones.
Alfredo recordó una cosa que había visto en internet y se emocionó: al fin había entendido algo de la rueda de prensa. La energía negativa y su descubrimiento fue lo que hizo a BIMOL reconocido
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por todo el mundo. Podía mantener agujeros de gusano abiertos y ayudó a hacer telescopios espaciales muy potentes al otro lado del cosmos. Sus abuelos decían que para su época eso era algo impensable.
Alfredo estuvo tan absorto en lo que pasó que ni siquiera le dio un trago a su café. Intentó beberlo de un solo trago porque ya era tarde, pero la amargura le hizo arrugar el rostro.
De pronto oyó unos pasos lentos y rítmicos bajar las escaleras. Alfredo bajó el volumen de la televisión y esperó a que la sombra se mostrara. Era su madre, con los párpados negros por el cansancio y rojos del llanto. Al ver a su hijo sentado, ella sonrió ligeramente y le recordó:
—Se te hace tarde para ir a la escuela, hijo.
Alfredo no logró ocultar su sorpresa al verla así. Le iba a preguntar cómo se sentía, pero sacar el tema quizá no era la mejor opción, y él no quería hacerla sentir peor. Alfredo se limitó a asentir con la cabeza para después tomar su mochila e ir a la puerta.
—¿No quieres llevarte la sombrilla? —preguntó su madre.
—Tú la vas a usar más tarde.
—No te preocupes por mí. Anda, lléva…
—Además, no quiero cargar más cosas.
Ella lo miró con una ligera seriedad, como si supiera que era mentira, pero dejó de insistirle porque sabía que no lo iba a convencer.
Alfredo subió por completo el cierre de su chamarra para irse, pero dudó un momento. No sabía si quedarse y platicar, abrazar a su madre. Se preguntó cómo le iría en el trabajo, o el sentimiento específico que sentía ahora mismo. Alfredo oyó, entre tanta duda, una de las noticias que se daban en la televisión.
Dos científicos rusos habían ganado el nobel de biología por modificar a un lobo para que tuviera las actitudes de un perro: el primer caso de eugenesia a ese nivel, permitida en animales. Ese ruido tonto, no supo muy bien la razón por la que le afectó, pero se quedó en su memoria incluso muchos años después.
Alfredo adquirió de nuevo conciencia luego de que su mamá le dijera que faltaban pocos minutos. Él iba a salir, pero se detuvo porque faltaba algo. Miró a la mesa y ahí estaba el compás de punta afilada. Corrió y lo tomó sin que su madre se diera cuenta. Lo escondió debajo de su manga, solo por si acaso. Y como si fuera la última vez que vería a su madre, volvió con ella. Primero la abrazó. Para terminar, le dio un beso en el cachete con mucho cariño.
—Adiós, ma… Te amo —le dijo antes de cruzar la puerta.
Ella sonrió, esta vez con una calidez y tristeza que no se veía todos los días en un adulto.
—Yo también te amo. Estudia.
Él le devolvió la sonrisa. Quiso verla así por más tiempo, pero faltaban ya diez minutos para que la escuela cerrara, así que se fue.
Mientras pasaba por las calles de su colonia, Alfredo pensaba en que le gustaría tener un lobo modificado de mascota. En un pasado quiso un perro o un gato, pero sus padres se negaron
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porque no tenían lugar para criarlo. Quien sí tenía mascotas era Itzel: ella cuidaba a un gato negro que amaba demasiado. Él solo había tenido la oportunidad de conocerlo tres veces.
Al recordar a Itzel, Alfredo tuvo una sensación de revoltura en su estómago. Sintió el frío en sus dedos. Había olvidado por completo las llamadas que le hizo. Antes de dar un paso más, sacó su celular y lo revisó: aún no había leído sus mensajes. Quiso llamarla, pero no tenía saldo.
En ese punto pensó en ir a su casa, pero tal vez Itzel ya estaba en la escuela. Quizás estaba pensando de más las cosas.
Ahí oyó a alguien lamentarse. Un ruido confundible con cualquier leyenda urbana, como la llorona. Alfredo saltó del susto, tragó saliva y volteó alrededor: la calle estaba gris, vacía. Escuchó otra vez el ruido, más agudo. Ahí logró divisar entre la lluvia a un objeto peludo y pequeño en medio de la calle: parecía una pantera con sus afilados dientes, y estaba tan oscuro como un erizo. Pero los más triste, y que alcanzó a resaltar, fueron sus ojos.
Expresaban un azul gélido, como el del cielo antes del ocaso.
Era un pequeño gatito en medio de la calle, similar al de Itzel.
Alfredo sabía que iba a llegar tarde a la escuela, pero tampoco podía dejar ahí al pobre; lo iban a atropellar.
Corrió a él. Lo tomó entre brazos. El pequeño estaba muy frío, y no tenía pelos en algunas partes del cuerpo. Maulló con súplicas de dolor. Alfredo se percató de una herida grande en su vientre… Su sangre seguía goteando, aunque la lluvia intentara limpiarlo.
Alfredo sintió que un calor le desgarraba el estómago con hormigueos; el labio le tembló. Era muy tonto llorar por un gato, pero incluso un ser vivo como él merecía vivir. Además, ¿cómo podría aceptar que una pobre criatura estuviera en esa condición?
Buscó un lugar seguro para llevarlo.
Corrió hacia un techo sobresaliente en la banqueta para cubrirse. Ya ahí, trató de bajar al pequeño, pero sin querer rozó su herida. El gato le arañó la mano y el párpado izquierdo. Alfredo dio un quejido. Quiso ser más cauteloso a la hora de bajarlo, pero el gato estaba impaciente.
Al instante de tocar el suelo, el pequeño salió despavorido hacia un callejón. Alfredo lo persiguió: seguramente no viviría mucho con esa herida, pero el pequeño atravesó una reja muy diminuta. Alfredo se quedó quieto. Solo pudo ver cómo se alejaba al otro lado de la calle.
Ahí sintió que un líquido se escurría sobre su brazo, pero él no estaba debajo de la lluvia. Alfredo volteó alerta, y se descubrió la manga. La sangre goteaba hasta su dedo.
Alfredo arrugó la cara del miedo; por alguna razón la herida comenzó a dolerle solo cuando vio su piel. Con temor, puso la mano bajo la lluvia y suspiró. No estaba molesto con el pequeño gatito, pero hubiera preferido que sus nervios no fueran tantos. De todas formas, en cierto aspecto era su culpa.
Mientras se limpiaba la herida, un sabor amargo, peor al café, se impregnó en su boca. ¿Qué sería de la vida del pobre? ¿Iba a morir o alguien llegaría a salvarlo? Quizás después de clases lo buscaría hasta el cansancio, solo para poder darle una vida digna. Incluso si fuera un insignificante
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gato, como cualquiera que pudiera morir de hambre en ese momento, le causaba tanta tristeza que no podía permitirlo. Alfredo siguió su camino con la leve lluvia. Perdido en su memoria, supo que de ninguna manera se había familiarizado con la muerte, aunque su abuelo ya no estuviera en este mundo.
Afuera de la escuela, el conserje dejó entrar a Alfredo un poco disgustado por su mala excusa. Alfredo se molestó, pues había dicho la verdad, pero ni con la mejor excusa lo iba a convencer. Ya dentro, corrió a las escaleras y subió a su salón. Cuando llegó a la puerta, vio desde afuera la clase ya iniciada.
Alfredo tocó la puerta y la profesora volteó disgustada a abrir. Todos sus compañeros lo miraron con seriedad. Apenado y cubriendo su brazo, le preguntó a la profesora:
—¿Puedo pasar?
—Puedo pasar, ¿qué?
—¿Puedo pasar, por favor, maestra?
—Así cambian mucho las cosas, Alfredo. Entra, pero tienes falta.
—Sí.
Alfredo caminó el tortuoso sendero hasta su butaca, recibiendo la mirada de sus compañeros. Parecía que los inútiles no tenían nada mejor que hacer. Pero la mirada de esos inútiles se fue al ver el asiento de Itzel vacío. Sin pensarlo, Alfredo prendió de forma discreta su celular. Entró al chat de Itzel y vio que ella ya había leído sus mensajes. Alfredo cerró los ojos del alivio y soltó una risa como si hubiera pasado un examen que creía perdido. Era de preocuparse por cosas insignificantes, pero sentía que hoy mismo estaba por darle un paro cardiaco.
Justo después de esa sonrisa, una sombra se acercó a la puerta, borrosa y con capucha. Alfredo la vio de inmediato, incluso antes que los demás: se asemejaba a la muerte. Quizás fue a su salón para llevárselo. Tocó la puerta despacio, casi sin querer molestar; era la forma en que Itzel tocaba. La maestra fue a la puerta y la abrió con una mueca de hastío. Esa mueca desapareció al ver a la orientadora.
—Buenos días, chicos —dijo la Orientadora mientras se recorría la capucha del impermeable—. Maestra, ¿me puede permitir unos segundos de su tiempo?
La maestra salió con toda disposición.
La puerta se emparejó, y todos en el salón empezaron a ponerse de pie. Osmar fue de los primeros; él se acercó rápido al pupitre de Alfredo y le bloqueó la vista hacia la profesora.
—¿Dónde te compraron esa lapicera? —preguntó Osmar amablemente.
Despacio, Alfredo alzó la mirada. Apretó el compás que tenía debajo de la muñeca. Osmar, sin importar el silencio de Alfredo, agarró su estuche y lo examinó mientras comentaba:
—¿Estos no son las que da el gobierno a la gente pobre?
Alfredo no reaccionó. Osmar, disgustado por su mirada, aventó el estuche al suelo. Todos los colores se regaron. Aun así, Alfredo se mantuvo inmóvil, serio.
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