2. PRIMER CORREDOR...
Por mí se va hasta la ciudad doliente, por mí se va al eterno sufrimiento, por mí se va a la gente condenada.
— Divina Comedia, Canto Tercero.
Por mí se va hasta la ciudad doliente, por mí se va al eterno sufrimiento, por mí se va a la gente condenada.
— Divina Comedia, Canto Tercero.
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El calor del sol era agradable para su cuerpo desnudo, pero, digno hijo de Adán, esa comodidad resultaba a la vez algo vergonzosa.
La esfera se abrió y Alfredo cayó al suelo. Tras varios segundos sin dar signos de vida, movió la mano con un ligero espasmo. La dirigió a su cara como si fuera un muerto viviente. Eran casi siete tubos ahí, pegados igual que las patas de una araña. También había otros tantos en lugares de su cuerpo que le avergonzaba mencionar. Desesperado, Alfredo los quitó. Le vino un ataque de tos al momento de liberar su boca y su nariz. ¿Qué hacía en ese lugar?
El suelo parecía estar hecho de hielo, muy frío para su gusto. Intentó ponerse de pie, pero sus piernas no reaccionaron. Volteó alrededor: solo veía círculos opacos. Aun así, se percató de que el cuarto estaba casi en su totalidad cubierto por un material grisáceo y pulido. Entre todo también identificó una pequeña ventana en la parte frontal que daba paso a una luz cegadora y amarillenta. Agonizante, se arrastró hasta llegar a la luz y dejó caer su cuerpo.
La puerta se abrió y un par de señores entraron al cuarto.
—El paciente 88-ASIM ha despertado… —dijo uno de ellos por la radio al verlo respirar—. Sí, parece que todo está bien.
Alfredo apenas y podía entenderlos: oía esas palabras como el fondo del océano. Además, el maldito frío no se iba incluso con el calor de la luz. No podía pensar en otra cosa.
Poco tiempo después de sentir a un fuego quemarle el pecho, Alfredo respiró con más profundidad. Los señores le acercaron una toalla. Alfredo la examinó como si sostuviera la ropa de su salvador e intentó pararse, pero falló de nuevo y tropezó. Los doctores no tuvieron más remedio que cubrirlo con la toalla ellos mismos. Lo cargaron hasta un lugar más caliente, quizá otro cuarto, y lo sentaron en un banco de madera. Pero Alfredo ni siquiera podía mantenerse equilibrado en esa posición.
Pasaron varios minutos hasta que un dolor horrible comenzó a cubrir su cuerpo con pequeñas punzadas hormigueantes, como si su sangre se coagulara en las venas. Se retorció y tocó sus tobillos a la par que trataba de descubrir su entorno. Lo primero que notó fue el impregnado olor a vapor y medicina. Después, que su cuerpo no tenía la talla que él recordaba tener.
Se suponía que era más pequeño.
El ruido repentino de una voz masculina hizo que Alfredo diera un brinco; le daba la orden de bañarse en una de las regaderas con el jabón desinfectante. Alfredo no captó lo que había dicho por el pequeño pitido que la voz le ocasionó. La instrucción volvió a darse.
—¿Dónde… dónde estoy? —preguntó Alfredo con mucho cansancio mientras intentaba quitar el filtro borroso de sus ojos, aunque ya intuía que estaba dentro de un hospital.
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No hubo respuesta. Alfredo tampoco volvió a preguntar: únicamente centró su atención en los sentidos. Al poco rato, el pitido se fue y su visión ya no era tan borrosa. Quiso atender la orden, pero se dio cuenta que no había nadie con él; todo ese tiempo había escuchado un altavoz.
Volteó a su alrededor con curiosidad. Estaba en un baño enorme hecho de azulejo marino, con varias regaderas que tenían la pinta de haberse usado pronto. El altavoz repitió la orden, formal pero insistente. Aunque aturdía de manera horrible, eso lo incitó a ponerse de pie e ir hasta la regadera.
Tras abrir una de las llaves, Alfredo sintió de inmediato al agua caliente cubrir su cara y su cuerpo con una presión más fuerte de lo común. En un inicio se hiperventiló, pero retomó la calma después de parar las gotas con su mano. Era una satisfacción inexplicable volver a sentir algo de calor. Ya calmo, se visualizó bajo la lluvia de una tormenta.
Algo extraño era que no sabía nada de sí mismo ni de lo que había pasado. Lo único que recordaba fue aquella mañana donde apuñaló a Osmar. Pensó que era absurdo que su vida se resumiera en un solo día, y su cuerpo tampoco parecía concordar con su recuerdo.
Alfredo salió de la regadera minutos después y se cubrió con la toalla que le habían dado. No pasó mucho tiempo hasta que un hombre con bata entró; puso una caja con ropa al lado de él y salió. La caja parecía contener cosas suyas, pero ni siquiera viéndola reconocía algo.
Luego de secarse, Alfredo se vistió con las calcetas, los tenis, el pantalón y la playera que venían en la caja: todas de color negro y un poco apretadas. Lo último que sacó fue una misteriosa chamarra café con la cual sentía familiaridad. Primero la sostuvo con cuidado, y luego de apreciarla con la confusión de un anciano, se vistió con ella.
Alfredo salió del baño. El mismo hombre que le había dejado la caja estaba ahí afuera: le dijo que lo siguiera. Alfredo quiso preguntarle de su situación, pero no se le veía cara de querer responder. Además, no creía que el tiempo le alcanzase para todas sus dudas, así que solo le hizo caso. Atravesaron un pasillo muy blanco, pulido al punto de lastimarle la vista, y llegaron a otra habitación más acogedora que las anteriores, pero con la misma blancura inerte del pasillo. Alfredo vio desde el cristal exterior a un doctor ahí dentro: llenaba papeles en una mesa de vidrio. No le inspiraba confianza, pero al ser su única fuente de información, entró sin quejarse y tomó asiento al frente de él.
—¿Quién eres? —preguntó el doctor al instante de que Alfredo tomara asiento, sin duda en su pregunta y con la cordialidad de cualquier desconocido.
Alfredo, extrañado, balbuceó en voz baja unos instantes. Notó su voz grave y eso lo hizo dudar aún más de la respuesta.
—¿Alfredo? —contestó al final.
—Bienvenido de vuelta, Alfredo —continuó el doctor mientras leía los papeles—. ¿Qué edad tienes?
—Yo…
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Alfredo divagó un poco en su memoria rota. Solo sabía que tenía trece años: le iba a decir eso, pero pensó que era demasiado estúpido por su apariencia.
—Aquí dice que tenías dieciocho años al ingresar al hospital —dijo el doctor.
Alfredo se quedó paralizado al oírlo.
—¿Dieciocho? —repitió.
El doctor por fin se dignó a mirarlo.
—¿No lo recuerdas?
Alfredo negó con la cabeza; ¿dieciocho?, nunca. Todavía faltaban cinco años para que fuera mayor de edad. El doctor esta vez se acomodó en la silla, y después de anotar algo en uno de los papeles, siguió:
—Muy bien. Dime, ¿qué es lo que recuerdas?
Alfredo le contó lo que ocurrió aquel día con Osmar: no hizo más que decirle simples datos superficiales. Al terminar, el doctor se quedó callado esperando que siguiera con su anécdota. Luego de unos segundos, captó que eso era todo e hizo una mueca de sorpresa mientras comentaba:
—Parece otro caso de oblivion.
—¿Oblivion?
—Es una amnesia regular en pacientes con diagnósticos similares al tuyo. Pero no te preocupes por eso, no es peligrosa. Con el tiempo cada uno de tus recuerdos volverá. Si después de una semana sigues sin recordar algo de tu pasado, puedes volver aquí mismo para una revisión.
—Pero entonces…
—De momento me gustaría que firmaras aquí.
El doctor le mostró el espacio en blanco de tres hojas diferentes y le dio un lapicero azul. Por pura intuición, Alfredo agarró con su mano izquierda el lapicero y vio las hojas. Quería leerlas, pero la presión del doctor le impidió hacerlo, así que sólo intentó firmar. Ahí cayó en cuenta de que él no tenía firma, o más bien, no la recordaba. Su solución fue hacer una parecida a la de su madre, como hacía cuando la falsificaba en los documentos escolares.
A término de firmar, el doctor ordenó los papeles en la mesa y le comentó:
—Ya hemos llamado a tu familia para que venga por ti.
—Espere, espere. ¿Cuánto tiempo llevo en el hospital? ¿Qué fue lo que me pasó?
—Tus familiares te lo comentarán cuando te reúnas con ellos. Agradeceríamos que aguardaras en la sala de espera. Si escuchas tu nombre, debes ir a donde te llamen para que te sellen estos papeles. Después de eso podrás disponer de tu tiempo. Bienvenido al hospital de BIMOL, estamos a tu servicio.
El doctor, dándole la mano, le entregó los papeles que había llenado. Entre ellos, Alfredo alcanzó a leer el titular de un acta de solicitud para resguardarlo en el hospital, con prioridad de BIMOL incluida. Alfredo aceptó aquellos papeles sin preguntar nada más y salió de la habitación. Seguramente el doctor tenía mucho trabajo, aunque parecía más incómodo que apurado.
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Afuera, Alfredo caminó por varios cubículos hasta llegar a un largo corredor blanco hacia el vestíbulo. Era más ancho que todos los demás, y desprendía una sensación angelical, como si estuviera en el paraíso. Un fuego en su pecho lo incitó a continuar. Atravesó el corredor con pasos muy lentos. El silencio se respiraba con pequeños ecos del personal desde las esquinas pulidas. A mitad del camino, Alfredo volteó a ver en el símbolo de la pared. Era el logo de BIMOL: una flor de loto con algunas letras griegas sobre ella que formaban su nombre. Debajo estaba inscrito: Basic Intellectualism on Material Observations Labs.
Alfredo no le despegó la vista. Sin embargo, después de casi tropezarse, volteó de nuevo al frente y siguió su camino con normalidad. Toda su vida había creído que la pérdida de memoria a ese nivel era algo que solo ocurría en las películas.
Cuando llegó a la sala de espera, lo sorprendió la amplitud: tenía tantas sillas como las de un aeropuerto. También había demasiada gente alterada en la recepción. Alfredo tomó asiento en la parte donde había menos gente, la salida principal, e intentó distraerse con los papeles que le dieron. Sin embargo, ni siquiera pudo leer algo debido a los gritos de la gente. La que más causaba desastre era una señora que preguntaba entre lágrimas a la recepcionista si su hija ya había despertado; al lado de ella estaba su esposo, que se quejaba por el servicio pésimo. Atrás de ellos les seguían cientos de furiosos, muy irritantes. En ese momento ser trabajador del hospital parecía un infierno: seguro debían de pagarles una buena cantidad de dinero a todos los empleados. Algunos incluso tenían ojeras del cansancio. Aunque hubo algo inquietante y sin sentido que Alfredo creyó oír de la señora: quería sacar a su hija porque podía morir en cualquier momento.
—Alfredo Alan Mendoza Plata —dijo en voz alta una trabajadora.
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Al oír su nombre, Alfredo se levantó impaciente y fue a la recepción. De camino se preguntó por qué la señora había dicho eso. Era obvio que los enfermos podían morir en cualquier instante. Pero, más que incomodarle lo que había dicho, fue el tono de su voz lo que estaba fuera de lugar, como si meter a su hija ahí hubiera sido un error.
Al llegar a la recepción, una joven de bata terminó por sellarle las tres hojas a Alfredo: le dijo que su familia estaba afuera, esperándolo. Él tomó las hojas con cuidado, le dijo gracias y se dirigió a la puerta de salida. Ahora que lo pensaba, era raro que alguien lo llamara por su nombre completo, y más una joven tan linda.
Mientras cruzaba la puerta de cristal, los rayos amarillos y anaranjados del sol se enterraron en su rostro. Él los tapó con los papeles y trató de ver alrededor. El exterior, no esperaba menos, era extraño. A diferencia del hospital, todo ahí resplandecía de color, y aunque los edificios de enfrente eran grises, algo en el ambiente parecía avivarlos. Además, se oía lejana una gran brisa fresca que coreaba junto a los autos, de esas que solo se respiran en las épocas más frías.
Eso lo dejó aún más dudoso, pues con la luz no parecía ser un lugar frío.
Alfredo bajó los escalones despacio. En la carretera solo había un Dodge Challenger, con vidrios polarizados y de un color rojo muy intenso, casi fuera de este planeta. Pensó que esperaba a otra persona, pues no podía estar familiarizado con ese carro de ninguna forma; sabía, antes que nada, que millonario no era. No fue sino hasta que la persona al volante abrió la puerta que se dio cuenta de la realidad.
—Qué onda, chavo. ¿Tú eres Alfredo Mendoza? —preguntó el conductor.
Alfredo recibió con extrañeza e impresión esas palabras. Su voz tenía un carisma tan natural que hacía caer bien a todo aquel que lo escuchase por primera vez: atrayente y persuasivo al punto de parecer familiar, aunque no lo fuera. El hombre era de tez blanca y no era ni tan joven ni tan adulto: quizá tendría veintitantos. Su cabello casi no se apreciaba por culpa de un gorro negro, pero era corto y castaño, igual que su barba. Lo único fuera de lugar era su vestimenta: usaba el uniforme militar negro de BIMOL, algo raro en alguien con apariencia de rapero.
—Entons, ¿sí eres o no? —repitió el hombre al no ver respuesta.
—S… sí.
El hombre agarró dos píldoras de un pequeño bote naranja cristalino: se las tomó junto con una lata de cerveza que tenía al lado. Confundido por eso, Alfredo preguntó:
—Me puedes decir… ¿quién eres?
—Mira, mi Fredy. No me conoces, pero soy compa de Alberto.
—Ah, ya… ¿Y quién es Alberto?
—¿Qué pasó, mi Fredy? Eran amigos, ¿no?
—No conozco a nadie llamado Alberto.
El hombre, igual de confundido que él, sacó su celular y buscó algo en la galería. Después de un momento, le mostró una foto mientras comentaba:
—¿Seguro?
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