2. PRIMER CORREDOR...
Por mí se va hasta la ciudad doliente, por mí se va al eterno sufrimiento, por mí se va a la gente condenada.
— Divina Comedia, Canto Tercero.
Por mí se va hasta la ciudad doliente, por mí se va al eterno sufrimiento, por mí se va a la gente condenada.
— Divina Comedia, Canto Tercero.
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Referencia Musical (Opcional)
o como si estuviera en el cuerpo de un extraño. Como si hubiera dejado una parte suya en aquella explosión, aunque no la recordara.
“I was thinking to myself, this could be heaven o this could be hell” era la estrofa que sonaba mientras Alfredo apreciaba los detalles de Sian Ka’an Kun. Le extrañó que los edificios más grandes estuvieran en el centro y no en la costa, como era común en lugares turísticos. En su lugar dominaban negocios y edificios más pequeños, algunos con letreros neón de colores rojos, naranjas, magentas, verdes, azules y morados. Unos anunciaban arcades. Otros, clubs nocturnos, o incluso clubs de patinaje, bolos y restaurantes. También vio moteles por donde varios amantes entraban y salían en sus autos. Lo sorprendente de aquella ciudad era que, no importaba la distancia, las construcciones podían encandilar a cualquier persona, ya fuera por los carteles o el reflejo del sol en las ventanas.
Alfredo estaba en el punto más alto de la calma al adentrarse en la ciudad. Cerró los ojos e inhaló; el aire entró como una serie de ruidos sintetizados, frescos. Un sabor místico llegó a su paladar: crujidos de cámaras antiguas. Era… como si no estuviera en ningún lugar, y a la vez, en todos los lugares posibles. Quería saborear más. Oír más. Ver el atardecer y las luces neón encantarle con su extraña presencia, pero sentía que lo dejarían ciego.
Aun así, todo guardaba una extrañeza pintada de hermosura y calma. Como… lo que pudo haber sido.
Alfredo pensó entonces que había elegido la canción perfecta: igual de enigmática. Pero como la última estrofa de la canción, tenía el horrible presentimiento de que nunca se iría de ese lugar.
Xanndro recorrió toda la costa hasta llegar al extremo opuesto; el fin de la ciudad. Siguió la carretera que los elevó por el acantilado de una colina, como si quisiera irse de ahí. En la derecha había una valla metálica: resguardaba las rocas sobresalientes de la colina, que se extendía en la altura. Del lado izquierdo, solo una valla de seguridad junto a la banqueta.
Alfredo volteó a ver atrás suyo con anhelo de volver a esa calma. Toda la ciudad era visible, incluso los cerros que limitaban la bahía donde se encontraba Sian Ka’an Kun. Sin embargo, más allá de los cerros, en la costa del otro lado, vio algo similar a la noche: una oscuridad que consumía las flores tropicales y desafinaba con el paisaje. No había luces, o siquiera edificios. Era nada. Alfredo regresó la vista al frente en automático, como si su cuerpo le dijera que estaba prohibido mirar hacia atrás. Sintió un hormigueo en su espalda. ¿Por qué no había luz? Era imposible no tener curiosidad sobre aquel lugar oscuro: se preguntó si eran los estragos de la explosión, pues no creía que algo así no dejara secuelas.
Sin más, zanjó el tema para no quitarse la poca paz que tenía. Trató de ver al frente, pero la elevación de la carretera lo impidió. No obstante, cuando tomó forma llana, Alfredo alcanzó a divisar a su izquierda una mansión moderna construida en el precipicio del acantilado, con soportes de una metalurgia de última generación, acabados negros y blancos, y con pequeñas decoraciones de piedras negras.
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Xanndro se detuvo afuera de la mansión, en la reja negra que le cubría el paso; parecía más resistente que cualquier metal. Alfredo miró con asombro esa extensión de bloques modernos. Volteó un momento a su derecha. La carretera seguía más allá, junto al acantilado de roca negra, pero la mansión estaba tan perfectamente construida que se posicionaba justo al límite de la ciudad.
—¿Esta es tu casa? —preguntó Alfredo sin dejar de ver los acabados: tenía muchos ventanales.
—Es nuestra casa —contestó Xanndro—. Aunque aquí no somos comunistas. Ja, ja.
Xanndro saludó a la cámara principal de la casa para que los dejara pasar. Alfredo hasta ese instante no se había dado cuenta de ella. La casa estaba repleta de cámaras, y conforme pasaba más tiempo mirando, descubría más. También vio algunos sensores de movimiento y muchos artefactos tecnológicos que no reconoció. Era una seguridad exagerada para su gusto.
La reja por fin se abrió. Xanndro cruzó un camino de piedra roja hasta el garaje, donde sacó un control que abrió la puerta corrediza. Se estacionó al lado de una camioneta blanca y apagó el carro. Al cerrar la puerta corrediza del garaje, Xanndro dejó caer sus párpados con una sonrisa: había triunfado en su tarea.
—Siéntete cómodo —dijo Xanndro al momento de salir.
Alfredo trató de dimensionar los lujos mientras bajaba del carro: el techo y el suelo del garaje eran blancos, e incluso estaban más pulidos que los del hospital.
—¿De dónde sacaste el dinero para pagar esta cosa? —preguntó Alfredo.
—Yo no fui quien la pagó.
—¿Y quién fue?
Desde la puerta lateral del garaje, Xanndro hizo una seña para que se metiera a la casa. Alfredo hizo caso y lo siguió. Al pasar la puerta, estaba la sala de la mansión, del mismo color blanco que el garaje. Sin embargo, a diferencia de este, el techo era el doble de alto por culpa de un balcón interior.
—Fue Alberto —le respondió Xanndro al fin, señalando a la cocina.
Alfredo volteó a la izquierda. Ni siquiera había puertas hacia la cocina: lo único que delimitaba su paso era un marco grande. En una de las estufas eléctricas, Alfredo vio a un hombre para nada similar al que Xanndro le mostró. Este era robusto, de ojos cafés y con un peinado militar hacia atrás; parecía una cacatúa alba. Vestía pantalones militares verdes, botas cafés y una playera blanca, cosa extraña, pues no parecía estar en mitad del trabajo. Quizá era su vestimenta diaria. Alfredo alcanzó a ver también dos colgantes en su cuello; un cristo en cruz hecho de oro, y unas chapas de identificación militar. Algo que le pareció contradictorio.
Alberto sacó un café del microondas y de inmediato fue hacia ellos. Mientras sonreía con calma, les dijo:
—Hombre, miren nada más quién despertó. El puñal.
—¿Puñal? —preguntó Alfredo.
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—No te hagas. —Alberto se acercó a Alfredo y le dio una palmada en la espalda—. No todos tienen la dicha de tener una carita de joto.
—¿Qué?
—¿Cómo te fue? ¿No te volviste loco y apuñalaste a un doctor en el hospital?
Alfredo dio varios pasos hacia atrás y se alejó de Alberto. Miró a Xanndro y le preguntó:
—¿Quién es este?
—¡¿No te acuerdas de mí, cabrón?! —le preguntó inmediatamente Alberto entre risas—. ¿Dormir tanto ya te pegó mal?
—No quiero que me pongas de malas. —Alfredo desvió la vista y susurró—. Idiota…
Alberto, al ver que su amigo no lo reconocía, le preguntó un poco más serio:
—¿Así me pagas después de que te ayudara a no reprobar?
—Bueno… —intervino Xanndro—. No sé si ya te comenté que este chavo nada más recuerda un día de su vida. En su acta aparece que tiene oblivion.
—¡¿Neta?! —Alberto volteó a ver a Xanndro un instante y luego volvió con Alfredo—. ¿No recuerdas lo del festival? ¿La banda? ¿O qué tal a Erasmo? ¿A él sí?
—¿De qué ha…?
Alfredo sintió un gran centelleo que provenía de las estelas del mar, en el ventanal de la cocina. Algo similar a una hiperestesia, que continuó con una migraña horrible, como si hubiera comido mucho hielo. Varios sentidos vinieron a él como marañas. Golpes constantes en su espalda, como el de hace un momento. Se tropezó un poco y apoyó la mano en el sillón. Xanndro y Alberto lo sostuvieron.
—¿Estás bien? —preguntó Alberto.
Alfredo no paraba de recibir imágenes: historias con más narrativa que al inicio. Recordó algunas cosas, pero otras seguían atascadas. Lo habían expulsado de la escuela por el incidente de Osmar, sin embargo, entró a otra secundaria. Ahí conoció a Alberto. Se hicieron amigos desde esa vez en que la profesora los envió a dirección por dibujar a Gokū en uno de los libros. Recordó las veces en que simulaban peleas a chiste. La banda que hicieron junto a Erasmo, donde Alfredo por fin pudo hacer realidad el sueño de Itzel y suyo: cantar. Pero quizá el recuerdo más marcado de Alberto fueron las veces en que dejaba a un lado su actitud tan molesta y se tornaba serio: aquellas ocasiones donde parecía ser más un humano que un baterista o un socio de fiestas.
—¿A… Alberto? —Alfredo, tapándose el ojo con una mano, miró a su amigo.
—¿Pues quién más?
Alfredo sonrió de inmediato. Fue como si hubiera memorizado todo un libro en un par de segundos, pero a su vez, como si las palabras de ese libro se inyectaran con hielo a su cerebro.
—No mames, Alberto —dijo Alfredo al verlo tan cambiado a como lo recordaba—. Te pasas de verga…
Alberto rio y abrazó a su amigo mientras le daba palmadas en la espalda con mucha fuerza.
—¿Cómo mierda sobreviviste a la explosión? —preguntó Alfredo.
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—Te lo explico mientras comemos. Xanndro hizo unos mariscos tan de poca madre que se te van a caer los calzones cuando los pruebes. —Alberto dejó de abrazarlo y caminó unos pasos hacia la cocina—. Sígueme.
—¡Ay!
Alberto volteó a ver a Alfredo: seguía sin poder mantenerse en pie y tenía el ojo cubierto.
—¿Ahora qué traes? —preguntó Alberto mientras regresaba y le descubría el ojo.
—No sé. Yo…
—Xanndro, tráeme un vaso de agua y una bolsa de hielo, rápido.
Xanndro corrió hacia la cocina. Alfredo, con algo de temor, preguntó a su amigo:
—¿Qué pasa?
Alberto lo llevó hasta el espejo de la sala. Ahí Alfredo vio su ojo completamente dañado por un derrame. Prefirió cerrarlo.
—Tranquilo —le dijo Alberto—. Es normal en pacientes con oblivion, no te asustes. Mejor vente a comer. Acá lo tratamos.
Alberto le dio una palmada en la espalda y fue al comedor. Alfredo, aunque en principio quería hacerle caso, se mantuvo inmóvil unos segundos. Confuso y preocupado, volvió a abrir el ojo. Notó que el daño hacía parecer que lloraba sangre; supo que no lo podría usar bien durante varios días. Prefirió cerrarlo de inmediato e ir con su amigo.
La cocina era enorme. En su ventanal se podía ver todo el océano. Alfredo tomó asiento en el lugar más cercano al ventanal. Alberto, por su parte, escogió el lugar contrario a Alfredo.
Xanndro, después de darle el vaso de agua y la bolsa de hielo a Alfredo, se puso su mandil y su toque para revisar la comida. Estaba en su punto. Sirvió con mucha delicadeza y detalle cada platillo. Alberto le dijo a Alfredo que Xanndro siempre hacía lo mismo y que no se preocupara por su actitud extraña. Xanndro, después de ver una impecable presentación, tomó asiento junto a ellos y comenzó a comer.
Como nadie habló en los próximos segundos, Alberto aprovechó ese momento y dijo:
—Ese día... —Alberto paró de repente, como si se hubiera arrepentido. Tardó unos segundos en retomar la palabra—. Ese día la explosión sucedió mientras los tres estábamos en el parque de básquet a donde siempre íbamos.
Alfredo preguntó:
—¿Y por qué no te quedaste en coma tú también?
—No sé. Supongo que fue suerte. O quizá fue porque yo me tumbé al suelo. Cuando te vi a ti y a Erasmo más tiesos que drogadictos de barrio, no dudé en cubrirme con lo que pude.
—Mierda… —Alfredo repegó el hielo a su ojo con más fuerza—. ¿Y qué causó algo así? Xanndro dice que nadie sabe el origen, y mucho menos por qué no afectó a esta ciudad. Se supone que aquí ocurrió la explosión, ¿no?
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—Sí —dijo Alberto—. Y es verdad. El gobierno y BIMOL llevan cuatro años intentando descubrir la cosa que lo causó, o al causante, y hasta ahora han encontrado pura paja. Sin embargo, por las noticias dicen que Rusia es el culpable, aunque la verdad se me hace una mamada.
—No me jodas… Pero nosotros no vivíamos en la playa. ¿Cómo carajo nos trajiste a esta ciudad?
—Con ayuda de mi tío… y de mi padre. Primero fuimos a la Ciudad de México para tener ayuda de BIMOL, ahí nos juntamos con Xanndro, de hecho, pero después nos trasladamos a un lugar donde la empresa estuviera más activa y nos pudiera ayudar y… aquí estamos.
Alberto empezó a comer del caldo de camarón, pero Alfredo todavía no probaba ni un solo bocado, aunque tuviera hambre; sus intentos fallidos por recordar a su familia volvieron a traer vagos escenarios que no llegaban a nada. A quien recordó por completo fue a Erasmo, con quien pasaba la mayor parte del tiempo. Cuando pensó en él, no dudó en preguntarle a Alberto:
—¿Erasmo está en el mismo hospital?
Alberto se quedó un poco paralizado al escuchar la pregunta, dejó de comer y puso los codos sobre la mesa mientras le contestaba:
—Bueno... Él… él murió en las cápsulas el año pasado.
Alfredo se quedó en blanco durante unos segundos. Sintió un frío en el estómago tan grande que lo mareó. Con ojos llorosos miró a Alberto mientras decía:
—No me jodas…
Alberto se comenzó a reír al ver su cara.
—No te creas, nada más te hago pendejo. Ese güey sigue vivo en su cápsula. De hecho, lo más probable es que despierte en un intervalo de tiempo similar al tuyo. Puede que dentro de algunos días… o al menos eso me explicó Jonathan.
—Hijo de tu... —Alfredo se guardó el insulto y prefirió comer. Ya conocía el mal gusto de humor que tenía Alberto—. Supongo que, si sobrevivió él, también sabrás algo de mi familia.
Alberto se terminó el bocado que tenía en la boca, y luego de mirar al florero con rosas que estaba en la mesa, le dijo con total calma:
—Sobre sus familias no he tenido información. Donde vivíamos se chingó la mitad del territorio. Solo algunas personas sobrevivieron. Teníamos que evacuar rápido porque se armó un desmadre. Ya te imaginarás. Después de eso no supe nada de sus familias. Y la verdad es que he estado ocupado con otras cosas. Desde hace cuatro años trabajo como soldado no oficial para BIMOL.
Alfredo se quedó en silencio. Alberto se dio cuenta de esto y le comentó:
—Ey… si te preocupa lo que pueda pasar en el futuro, no tienes porqué. Ya te inscribí a ti y a Erasmo a una chamba que tenemos con BIMOL.
—¿Hiciste qué? —Alfredo se quitó la bolsa de hielo, y con ambos ojos, lo miró.
—Pues sí. Xanndro también trabaja para BIMOL desde que ocurrió el apocalipsis. Es una lana lo que te dan ahí. Apenas nos ofrecieron un trabajo un poco especial para poder sustentarnos: debemos de hacer exploraciones encubiertas y descubrir qué originó el apocalipsis. Le llaman así a la explosión por el color del mar. Aunque no ocasionó un apocalipsis real ni nada por el estilo.
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