2. PRIMER CORREDOR...
Por mí se va hasta la ciudad doliente, por mí se va al eterno sufrimiento, por mí se va a la gente condenada.
— Divina Comedia, Canto Tercero.
Por mí se va hasta la ciudad doliente, por mí se va al eterno sufrimiento, por mí se va a la gente condenada.
— Divina Comedia, Canto Tercero.
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—¿A qué quieres llegar con esto? —preguntó Alfredo—, ¿cómo que exploraciones encubiertas?
Xanndro intervino en la conversación y le dijo:
—¿Recuerdas los siete planetas que descubrió BIMOL años atrás y que eran iguales a la tierra?
—Sí.
—Bueno, tenemos que ir a esos planetas y recolectar un tipo de energía. Hasta ahora, todos los soldados encargados de hacer esa misión han muerto. —Alberto volteó a ver de inmediato a Xanndro y con señas desesperantes le pidió que parara de hablar; éste no se percató de aquello—. Desde hace un año no envían a nadie y por eso nos…
Alberto le calló la boca a Xanndro con la mano y volteó a ver a su amigo para decirle:
—Pero es una suma grande de dinero lo que te dan. Y tenemos seguro pagado.
Alfredo volteó furioso hacia él mientras se ponía de pie y gritaba:
—¡¿Ahora qué mamada hiciste?!
—Relájate, Alfredo. —Alberto hizo un ademán para que tomara asiento de nuevo—. La suma de dinero es tan grande que ni tú ni Erasmo van a necesitar ir a la Universidad para poder vivir bien el resto de sus vidas.
—¡No mientas, Alberto! ¡Esto solo lo hiciste por el maldito dinero! ¡¿Una misión donde ningún soldado ha tenido éxito?!
—¡¿Y qué propones tú para ganar dinero?! —Alberto cruzó los brazos—. La situación ahora está jodida, y más con el tema del trabajo. Gente que se quedó sin casa, delincuentes y narcos que se llevan a personas sin hogar para reclutarlos. Muchas personas están en la mierda por culpa del apocalipsis.
—¿No tenías una idea mejor? ¿No podíamos trabajar como soldados normales sin aceptar esa estúpida misión? Además, se nota que sufriremos demasiado cuando tenemos a un puto amigo que vive en una casa de lujo.
—Mejor dime que no quieres hacer la misión porque se te arruga. No voy a sustentar siempre sus gastos. Las cápsulas tenían un costo por la prioridad que les daban. Me llevo partiendo la espalda hace años para cuidarlos. Se tienen que hacer independientes y esta es una buena oportunidad.
—A ver, A ver. Cálmense un rato y no se me alteren, chavos —dijo Xanndro. Alberto y Alfredo desviaron la vista—. Creo que no es el mejor momento para hablar de eso. Mejor hay que discutir el asunto cuando Erasmo despierte; así no habrá detalles y escogeremos las cosas democráticamente.
—Yo estoy relajado —decía Alberto mientras se pasaba el último bocado de comida—. Aun así, no tenemos tanto tiempo. En el momento en que despierte Erasmo tenemos la orden directa de ir a BIMOL.
Alberto, después de ver la cara molesta de su amigo, miró al suelo y recogió su plato mientras decía:
—Xanndro, muéstrale su habitación al malagradecido éste para que ya se vaya a dormir.
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Alfredo se paró de golpe, haciendo que la madera de la silla rechinara. Xanndro fue hacia él y le dijo:
—Acompáñame, Fredy.
Alfredo siguió a Xanndro, pero antes de irse, volteó a ver a su amigo una última vez. Además de su apariencia, algo había cambiado en él, pero no sabía qué. Alberto no lo miró; se mantuvo concentrado en su plato.
Xanndro guio a Alfredo hacia la parte izquierda de la sala y se quedaron quietos en un pasillo con dos ventanales laterales y puertas de vidrio a cada lado. A la izquierda Xanndro le mostró el patio de la casa: una terraza sobresaliente de la cornisa. Todo era muy amplio: con sillones, una gran piscina, parrillada y fogatas de piedras negras. Quizá lo más inseguro que vio fue la cerca de vidrio que rodeaba toda la terraza, pero eso le daba una sensación más vertiginosa y gigantesca a la casa.
Xanndro le mostró después la zona derecha del pasillo; ahí había un jardín pequeño, con el techo de vidrio y gran variedad de plantas en él, entre ellas lianas, rosas y pequeños árboles de cerezo. El pasto estaba crecido, lo que daba la impresión de no ser frecuentado, sin embargo, era un jardín bonito para una casa tan bonita. Unos pasos más adelante del jardín, a su derecha, Alfredo vio el cuarto más grande de la casa a través de los ventanales: había sacos de boxeo y máquinas de ejercicio por todos lados. Xanndro le dijo a Alfredo que era un cuarto de entrenamiento y un gimnasio personal, aunque parecía ser más uno público. También le comentó de un dojo que se encontraba más al fondo, por desgracia, no pudo verlo desde ahí.
Al terminar de recorrer el pasillo, llegaron a una zona de la casa donde había un baño para visitas, un cuarto de lavandería y dos escaleras laterales. Xanndro y Alfredo subieron las escaleras que los guiaban hasta un balcón interior donde estaban los cuartos de Alberto y Xanndro. Alfredo pasó por ahí tan solo unos segundos, pero identificó varias rarezas. Parecía que un ambiente hermético emanaba de los cuartos de Xanndro y Alberto, cómo si el simple hecho de verlos le impidiera entrar. La puerta del cuarto de Xanndro tenía un cartel de madera intercambiable con las letras open de un lado y close del otro. Mientras que del cuarto de Alberto salían demasiados cables sujetados a la pared de una forma sutil, camuflados entre las flores del lugar; eran las cámaras del exterior, sin duda.
Otra cosa que no entendió fue de dónde había sacado tanto dinero Alberto. Juraba tener recuerdos donde Alberto a veces pedía prestado a Erasmo para comprarse el almuerzo en la escuela u ocasiones donde salían a un restaurante y él tenía poco dinero. No era una persona que vivía precariamente, pero… desde luego él no era el tipo de persona que se hiciera rico de la noche a la mañana.
Xanndro llevó de vuelta a Alfredo hasta la sala y subieron por las escaleras que estaban detrás de los sillones. Alfredo ya las había visto; daban a otro balcón interior. Desde arriba se podía ver toda la sala y la cocina, y al igual que el anterior, tenía dos puertas. Xanndro solo abrió la última; la habitación más arrinconada y cercana a la entrada de la casa. Por dentro era espaciosa: tenía una
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cama muy grande y algunos muebles vacíos. Todas las paredes eran blancas, excepto la frontal a la cama, la cual estaba hecha por completo de vidrio. Xanndro le explicó que no debía preocuparse por la privacidad, pues el vidrio podía oscurecerse con un botón cerca de su cama, aparte de que todas las ventanas eran a prueba de balas; ese dato le extrañó a Alfredo. También había una puerta blanca misteriosa en la pared contraria a la entrada.
—Esa puerta da a un baño privado —le dijo al final Xanndro—. Bonito, ¿no? Alberto y yo te compramos un cepillo de dientes, papel y jabón para que lo disfrutaras como nunca.
—Gracias… —respondió Alfredo, impresionado por su alrededor.
—Vista a la calle, privacidad y mucha paz… Sé que no es tu antigua casa, pero ojalá te guste. ¿Tienes alguna otra duda?
Alfredo sí tenía dudas, pero no quería molestar a Xanndro. Los lugares tan espaciosos de la casa eran confusos: desprendían una sensación de vacío. Aun así, más extraño le resultó la obsesión de Alberto con la seguridad y vigilancia.
—Si no tienes dudas, te dejo sólo, chavo. Yo ya me voy a hacer la meme porque ando cansadillo —continuó Xanndro mientras se dirigía a la puerta de salida—. Nos vemos mañana. Sueña con los angelitos.
Alfredo, antes de que se le escapara la oportunidad, le dijo:
—Xanndro… gracias por todo.
Xanndro volteó. Sonrió con alegría y se fue entre bostezos mientras cerraba la puerta.
Alfredo ahora estaba solo. Intentó relajarse quitándose la ropa, pero al sentarse en la cama sólo pudo sacar el aire de todo lo que había recibido ese día. El color violeta y azul de la luz pasó por el gigantesco ventanal. A él siempre le traía calma ese ambiente perdido entre la tarde y la noche; por esa misma razón no prendía la luz de su habitación. Pudo recordar la época en que de niño llegaba de la escuela después de un mal día y lloraba hasta quedarse dormido. Al despertar, siempre veía esa melancolía consoladora. Ahora ya ni siquiera tenía ganas de llorar, todo era absurdo. Alfredo se acarició el ojo y luego intentó abrirlo mientras se perdía en el atardecer. De lejos, el color que más enigma le daba era el azul que tiraba a violeta.
Se quedó en silencio, mirándolo.
Luego de un rato, Alfredo se puso de pie y fue al baño. Prendió la luz. Su color miel contrastaba con toda la demás habitación: le extrañó ese color antiguo en una mansión, aunque no le tomó importancia.
Miró al espejo.
No reconoció los ojos aceitunados ni las pecas del sujeto que estaba delante de él. Fue a su cabello: quebrado y despeinado, como siempre. Metió sus dedos entre todo ese desastre y luego lo dejó ir.
Después de lavarse los dientes, apagó la luz del baño y fue a la cama. Se terminó por quitar los calcetines para al fin recostarse con desgano. Intentó descansar con la esperanza de mañana
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obtener respuestas sobre su familia o algún recuerdo nuevo que le diera más información de lo que había sucedido, aunque su ojo sufriera las consecuencias.
De mientras sólo existía él en el silencio, junto a ese color que lo seducía lentamente y lo atraía al fondo de un mar tan desconocido como el espacio y tan saturado de vida.
La muerte era de color azul… un azul perfecto.
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