4. MA... TE AMO
Reign Down and destroy me…
— Twenty One Pilots.
[Reina y destrúyeme…]
Reign Down and destroy me…
— Twenty One Pilots.
[Reina y destrúyeme…]
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—¿Tú también andas muy callado hoy, no? —Erasmo le lanzó el balón a Alberto.
—No es nada —respondió Alberto—, a mi tío le urge que vaya a la casa. No sé qué chingados quiere.
—¿Y piensas ir?
—Nah.
—Oigan… —dijo Alfredo con decisión—, creo que me iré a casa.
Erasmo cayó en cuenta de que no había leído su carta y creyó que se había molestado. Antes de que se fuera, corrió a él mientras le gritaba:
—¡Espera! ¡Todavía no te digo mi opinión!
Alfredo volteó a ver a su amigo y le dijo:
—No te preocupes, voy a…
En ese instante, un destello lejano fulminó el horizonte. Alfredo pudo verlo, pero al igual que Erasmo, no tuvo tiempo para reaccionar. Ambos fueron aturdidos de inmediato por un ruido lleno de lamentos, agudo y sin alma: como el canto de una mujer. Con un odio profundo, la tierra retumbó desde sus entrañas. Alfredo sintió a todo su cuerpo vibrar y derrumbarse ante la inmensidad de algo así. No obstante, con el casi nulo control de su cuerpo miró hacia donde el destello había dado una señal de vida. Estremecido, tan solo vio a una luz que se acercaba rápidamente a ellos, irradiando el calor de un infierno calcinado. Después, en un suspiro repentino, hubo nada.
Todo fue oscuridad.
***
Alfredo sintió la regresión a ese día mientras miraba la carta entre sus manos. Pensó que lo mejor hubiera sido no recordarlo nunca.
En las imágenes de la proyección se mostraba su hogar, derrumbado. Entre los escombros había dos personas muertas; una tenía una varilla que le atravesaba el cuerpo: su madre; y otra a la que solo se le veía la mitad de su cuerpo: su padre. Alfredo se soltó a llorar entre gritos; sus lágrimas mojaron el arrugado papel; lo apretaba con rabia. Quería sacarse los ojos, mirar a otro lado, pero sus ojos no se apartaban de la pantalla, aunque él quisiera. Podía verlo, podía sentir el rostro completamente destrozado de la persona a la que más amó. Alfredo se tiró al suelo vuelto una piel de emociones, lacerando sus lamentos en el piso. Alaridos tan desgarradores salieron de su alma y recorrieron la espalda de sus amigos. La discreción era un lujo que no podía permitirse.
Después de oír a su amigo llorar varios segundos, Alberto le reclamó a Jonathan:
—¡¿Por qué mierda le muestras eso de forma tan insensible?!
Jonathan cambió de imagen. Una por una les mostró los escombros de su pueblo. Había muchas imágenes de personas muertas y viviendas destruidas.
—¿Yo soy el insensible? —preguntó Jonathan mientras lo miraba—. Tú no le dijiste al pobre que su familia murió cuando claramente ordené que lo hicieras.
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Alberto lo miró con el ceño fruncido, pero no se atrevió a contestar. Jonathan tampoco dijo nada: esperó a que Alfredo se calmara un poco.
Luego de que los gritos cesaron, solo hubo suspiros entrecortados. Jonathan caminó hacia Alfredo mientras comentaba:
—Alberto quiso encontrar el paradero de sus familiares. Tras una ardua búsqueda, identificamos su pueblo. Casi todo estaba en la ruina cuando llegamos. Fue un milagro que ustedes sobrevivieran.
Alfredo no reaccionaba ni dejaba que lo vieran: estaba en posición fetal. Jonathan lo miró un momento, se puso de cuclillas, y apoyó su mano en él.
—Escucha, niño —dijo con una voz acercada a la consolación—. Todos perdemos a alguien importante en algún punto de la vida, y entiendo ese sentimiento. La rabia, la impotencia. —Alfredo no soportaba la presión de sus palabras. Quería que se callase—. No puedes confiar en cualquiera, lo sé. Pero ahora solo tienes dos caminos. Puedes quedarte a llorar en tu maldita mansión, sin hacer nada, sintiéndote miserable por el resto de tu vida. O puedes levantarte y ayudarnos a encontrar a los malditos que ocasionaron esto.
Jonathan le extendió la mano. Alfredo, aun escondido, la miró con molestia; se mantuvo en duda unos segundos. Al final, Alfredo aceptó su mano, y mientras se ponía de pie, limpió su rostro con agresividad. Todos se mantuvieron en silencio.
Con Alfredo reincorporado, Jonathan regresó a la mesa, abrió el cajón de la izquierda y sacó un folder. En él había un lapicero y cuatro hojas.
—Este es el contrato para ser partícipes de la misión —les dijo Jonathan—. Empezaremos hoy. Si alguien quisiera retirarse en este punto, con gusto lo dejaré ir; con las condiciones de vigilancia, claro está. Tomen en cuenta que esta propuesta solo se les presentará una vez en la vida.
Jonathan puso los contratos y el lapicero en la mesa: lanzó una breve mirada a cada uno de ellos para confirmar su respuesta. Alfredo le frunció el ceño, pero no dijo nada más. Después de verlos a todos, Jonathan continuó:
—Si no hay más inconvenientes, adelante. Les recomiendo que lo lean detenidamente porque…
Sin pensarlo, Alfredo pasó al frente de Jonathan y firmó el contrato. Presionó tan fuerte el lapicero que incluso los chicos oyeron la rabia latente en cada trazo de su firma; había hecho la misma firma del hospital. Al terminar, Alfredo miró a Jonathan con los ojos aun rojos, y escupiendo rencor en cada palabra, le advirtió:
—Esto era lo que querías, ¿no? Que te quede claro. Lo hago por ella.
Jonathan sonrió, y mientras inclinaba la cabeza con formalidad, le dijo:
—Será un gusto ser de ayuda.
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