2. PRIMER CORREDOR...
Por mí se va hasta la ciudad doliente, por mí se va al eterno sufrimiento, por mí se va a la gente condenada.
— Divina Comedia, Canto Tercero.
Por mí se va hasta la ciudad doliente, por mí se va al eterno sufrimiento, por mí se va a la gente condenada.
— Divina Comedia, Canto Tercero.
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Alfredo se quedó quieto. En la foto que le mostró se vio a él junto a un niño de cabello rizado. Parecían tener la misma edad, superior a trece años sin duda, pero no sabía cuál en específico. Trató de ver algún rastro de edición en la imagen o algo que le indicara falsedad, pero solo se percató de un gorro de cumpleaños en su cabeza. Era su cumpleaños. Ahí, como un ciclón de tiempo, vinieron a él centelleantes imágenes que lo desequilibraron. Un golpe en su espalda. Risas desconocidas. Un sabor al pastel empalagoso que odiaba, y quizá rastro del olor a pizza de su restaurante favorito: Casa Nápoles, aunque él todavía no recordaba el restaurante. Sin embargo, esos centelleos fueron la única pista de información.
El hombre notó su desequilibrio y de inmediato se inclinó hacia él para ver cómo se encontraba.
—¿Tas bien, chavo?
Alfredo no supo qué contestar. Hasta ese momento su única amiga había sido Itzel: era la única a la que invitaba a su cumpleaños, pero dado que no recordaba tener dieciocho años, y que tampoco sabía cuánto tiempo pasó en el hospital, asumió que con el tiempo hizo más amistades.
—Oh, ya entendí —dijo el hombre—. Se te fueron los recuerdos, ¿vea? No hay pedo, ahorita te ayudo con lo que pueda. Tú súbete, sin miedo. —El hombre extendió la mano desde su asiento y lo saludó—. Mi nombre clave es Nexus, pero para los compas soy Xanndro.
—Mucho gusto, Xanndro —respondió Alfredo, extendiendo su brazo con una lentitud más denotada.
Alfredo entró al carro, todavía consternado por los centelleos. A fin de cuentas, no creía que los recuerdos pudieran modificarse. Aun así, muy en el fondo no confiaba en lo que veía; era anormal que un soldado se portara de forma tan amigable.
—Toma. —Xanndro le dio a Alfredo un celular de última generación, con audífonos incluidos—. Esto lo compramos Alberto y yo. Él dijo que te gusta escuchar música para relajarte. Tiene datos móviles así que puedes poner cualquier rola que te guste.
—¿De verdad? —preguntó Alfredo con gracia. Parecía que ese tal Alberto lo conocía muy bien.
—Sí, es todo tuyo.
—Pero esto debió costar mucho.
—Y vaya que sí. Pero mejor te explico todo cuando lleguemos a casa. —Xanndro giró la llave del auto—. Tenemos comida, por si tienes hambre. Alberto estará encantado de tener a alguien más a quién molestar. Ya sabes cómo es él.
Alfredo se extrañó por ese último comentario, pues no, no sabía cómo era Alberto. Aunque quizá solo fue un despiste por parte de Xanndro.
En cuestión de segundos el auto ya se encontraba distante al hospital. Alfredo miró por la ventana y buscó rasgos que se le hiciesen familiares. Todas las calles, su estructura y sus colores extrañamente sentía conocerlos de algún lado, pero no sabía de dónde. No creía tener ningún recuerdo conectado a ellos, algo como su pueblo, o quizá las subidas y bajadas tan tediosas que recorría alrededor de su cuadra. Quizá se fue a otra ciudad, pensó, pero tampoco tenía la sensación
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de ser un recuerdo de otra ciudad, más bien, de algo que nunca vivió, pero que a su vez estaba ahí: en su memoria.
Cuando giraron a la izquierda, Alfredo por fin vio un panorama completo. Su preocupación se disparó al ver que se encontraban en una ciudad costera. Quizá no recordaba mucho, pero algo que sabía con seguridad era que no vivía en una playa, mucho menos imaginaba que hiciera tanto frío en una. Y aunque trataba de suponer que lo había olvidado, toda sensación dentro de sí parecía intuir algo más. Un peligro extraño. Una ciudad engañosa.
Alfredo miró rápido a Xanndro, pero él estaba tan concentrado en el camino que ni siquiera parecía darse cuenta de su confusión. Por ratos Xanndro sonreía con mucho entusiasmo. Incluso daba la sensación de ser un niño grandote al que le habían encargado la tarea más importante de todas.
—¿Qué tal el trato de los doctores? —preguntó Xanndro de repente.
Alfredo bajó la mirada, y después de cuestionar si todo era un sueño, dijo:
—Pues… no sabría decirlo. Todo pasó muy rápido y nadie me dijo nada, pero no fueron tan malos.
—Tuviste suerte, chavo. Hay unos que ni siquiera eso.
—Creo que es porque no recuerdo nada…
—No hay problema. Es muy normal que esas cosas ocurran. ¿Qué tanto recuerdas?
—Con seguridad, solo un día.
Xanndro dejó de mirar el camino y volteó a verlo un instante. Después de confirmar que no bromeaba, volvió a mirar el camino como si nada hubiese pasado. Alfredo se percató de ello; ya sabía que no era para tomárselo a la ligera.
—¿Por qué me miraste así? —preguntó Alfredo como si lo hubiera amenazado.
—Tranquilo. No es nada… —dijo Xanndro sin mirarlo, aún sonriente.
—¿No es nada?
—Lo que pasa es que nunca había conocido a alguien que recordara solo un día de su vida.
—Dios… —Alfredo se llevó una mano al costado de su frente.
—Tú tranquilo. Hay gente que no recuerda ni una sola semana, imagínate. Y aun así todos se recuperan tarde o temprano.
—¿Y qué mierda tuvo que pasar para que la gente despertara sin recuerdos?
—No es nada del otro mundo, no te preocupes.
—¡¿Nada del otro mundo?!
Xanndro tomó un trago de su cerveza muy largo, bajó la velocidad del auto, y después de un momento en silencio, respondió con boca chica:
—Fue… una pequeña explosión.
—¡¿Una explosión?!
Alfredo miró a Xanndro directo a los ojos.
—Sí, una explosión, pero…
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—¿De qué calibre?
—Poco.
—¡¿Y cuánto es poco?!
Xanndro se detuvo en el semáforo y suspiró del alivio, como si tratase de evitar una tragedia. Después de tomar otro extenso trago a su cerveza, respondió resignado:
—Revisa tu acta. En los papeles debería estar toda la información.
Alfredo de inmediato vio el acta. Saltó entre palabras absurdas y buscó una pizca de algo valioso, con temor de lo que vería. En mitad de la primera hoja halló algo y se detuvo. Leyó un renglón, luego otro. Halló una palabra: explosión. Cada que leía más, su mirada se hundía en un agujero de podredumbre: sobrevivientes, gastos que tuvieron que hacer para mantenerlo ahí dentro, que su coma no era común y corriente, y luego, la causa de su letargo, donde gritó:
—¡¿Una maldita bomba termonuclear?!
A pesar de que ya esperaba una reacción así, Xanndro brincó del susto.
—No es exactamente una bomba termonuclear, sabes. —Xanndro comenzó a morderse la uña—. Ahí dice que parecida, pues no hay residuos químicos. No es de extrañar; suelen exagerar las cosas en esos documentos. Si me lo permites…
Xanndro quiso tomar los papeles, pero Alfredo lo impidió y siguió leyendo. Después de unos segundos, en la segunda hoja, Alfredo vio el tiempo que había pasado dentro de las capsulas: días, horas y minutos contados. Tras hacer las cuentas, Alfredo volvió a gritar:
—¡¿Cuatro malditos años?! —Con cejas altas miró a Xanndro—. ¡¿Cuatro malditos años no es algo grave para ti?! ¡¿Qué mierda te pasa?! ¡¿Por qué no me lo dijiste?!
—Cuatro años se pasan en el cantar de un gallo —dijo Xanndro. El carro de atrás sonó el claxon. Xanndro sostuvo el volante de nuevo y avanzó lentamente—. Las personas recuerdan eso como si fuese ayer. Además, vivir en 2080 es más chido. Con veintidós años puedes hacer más de lo que te imaginas. Yo a tu edad…
—¡¿Qué putas te…?! ¡Perdí cuatro años de mi vida! ¡Y no recuerdo nada desde que tenía trece!
—Tranquilo, Fredy. Estamos a gusto, no es necesario grit…
—¡¿No es necesario gritar?! ¡¿Tú por qué no me dijiste nada?! —Alfredo se rascó la cabeza con ambas manos—. Con razón ningún doctor quería decirme lo que pasó.
—Alfredo, escucha.
Alfredo se inclinó hacia él y lo amenazó con el dedo.
—¡¿Quién te envió por mí?! ¡¿Por qué estás vestido de esa manera?!
—¡¡Por favor, escucha!!
Xanndro presionó el freno de inmediato y ambos fueron jalados por la inercia. El auto de atrás casi choca con ellos.
Después de retomar la postura, Xanndro sostuvo a Alfredo por los hombros y lo miró con un miedo que pocos adultos se atrevían a mostrar.
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—No sé conducir y no soy un mentiroso. Te juro que digo la verdad. Solo coopera para que los dos lleguemos vivos a la casa.
Alfredo lo miró con extrañeza: más que estar atónito por el golpe, fue lo que escuchó. ¿Por qué alguien que se dice ser su amigo enviaría a un extraño que no sabe manejar a recogerlo?
El carro de atrás volvió a sonar el claxon y esta vez el conductor les gritó. Xanndro se preparó mentalmente, y con la misma cautela, presionó el acelerador como si nada hubiese pasado.
Al poco rato, Alfredo miró de nuevo su acta y siguió con la lectura. Después de un par de párrafos, preguntó ya más tranquilo:
—¿Y qué mierda significa eso de prioridad de BIMOL?
Xanndro contrajo los párpados inferiores de sus ojos al escucharlo. Alfredo lo miró.
—Dímelo, maldita sea.
—Es que… las cápsulas no son del todo seguras. A veces fallan y… matan al paciente.
—¿Qué? —Alfredo soltó una carcajada muda y nerviosa.
—Pero es sólo a veces, no te preocupes… La prioridad quiere decir que BIMOL te mantiene en un estado más estable. Se consigue con algo de dinero que donas, aunque nosotros lo conseguimos por otro medio.
Xanndro esperó una respuesta de Alfredo, al menos un suspiro, pero nada. Volteó a verlo con preocupación: tenía la vista fija en el vacío. Ahí comprendió que no era muy bueno para calmar a la gente. Tampoco creía ser el indicado para comentarle lo que sucedió, o llevarlo a casa, así que volvió a intentar arreglar las cosas diciendo de manera alegre:
—¡Pero, hey! Estás vivo. Ja, ja… Recuerda que la esperanza es lo último que se pierde.
Alfredo no quiso discutir más. Después de cerrar los ojos un momento, siguió con la lectura del acta hasta el final, sin prestarle atención a sus palabras. Pero algo no concordó mientras terminaba su lectura. Alfredo miró a Xanndro y preguntó con voz temblorosa:
—Xanndro. ¿Dónde estamos?
Xanndro respondió sin mirarlo:
—E… en Sian Ka'an Kun.
Alfredo se dejó caer en el respaldo de su asiento mientras movía su pierna de arriba hacia abajo. Xanndro volvió a contraer su rostro.
—¿Esto es un sueño? —preguntó Alfredo.
—Mi chavo, me gustaría ser parte de tu sueño. Suena divertido, pero…
—¡Estoy en un sueño!
Alfredo rio histéricamente, se mordió el dedo para poder ver si sentía dolor, y después de herirse, le dijo a Xanndro:
—No… ¿Cómo mierda puede ser eso posible? Dices que estamos en la misma ciudad donde una maldita bomba termonuclear explotó, pero aquí no hay nada destruido.
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—Te juro por Dios que es así. Ni siquiera BIMOL o el gobierno puede darte una respuesta concreta del porqué la explosión no afectó a esta parte de la ciudad. No por nada apodaron a Sian Ka'an Kun: la ciudad que resurgió de las cenizas.
Alfredo lo vio sin creerse nada. Quiso buscar algún fallo en la realidad, pero muy en el fondo supo que no había nada más que hacer. En aquel instante lo único que hizo fue ver un punto exacto del carro que no existía y al que no le despegaba la mirada. Sus intentos por traer de vuelta su memoria no causaban efecto.
Al verlo así, en un semáforo, Xanndro sacó una bolsa café pequeña del compartimento de atrás, y con la misma tranquilidad que tenía al inicio, le ofreció su contenido de manera amable diciendo:
—¿Quieres un bolillo?
Con seriedad, Alfredo mantuvo su vista en la bolsa. Tras un momento, finalmente agarró el pan mientras suspiraba. Le dio un mordisco sin mucho ánimo.
A Xanndro se le dibujó una sonrisa infantil e inocente después de que lo agarrara.
—No te preocupes —dijo Xanndro—, vivir en Sian Ka’an Kun tiene su encanto. Acabamos de llegar a uno de los lugares más bonitos: tan solo wacha este paisaje. —Xanndro bajó la ventana del auto y dejó entrar al sol que apenas iba en dirección al horizonte.
Alfredo sintió los rayos del sol acariciar su cara. Estaban en el circuito de la costa, lleno de palmeras, carros y transeúntes. Desde ahí pudo oír las olas, y junto a ellas algunas aves y autos. El cielo ardía. Las nubes eran lo mejor: se coloreaban de un rojo saturado, y como el arco crepuscular naranja, de una belleza apocalíptica.
Alfredo vio a los barcos navegar por las estelas del mar. Pronto las estelas se volvieron centelleos de memorias. Esta vez escuchó más risas, una batería tocando, y el rostro de su amigo. Pero terminaron pronto. Alfredo notó que, por mucho que quisiera seguir la narrativa de sus recuerdos, no podía. Sin embargo, algo en su vista lo distrajo en el momento. El mar de la ciudad no era azul. Él creyó que había visto mal o que era por el reflejo de las nubes, pero no, con diferencia se veían tonos rojizos llegar a la costa.
—Oye, Xanndro… —llamó Alfredo, inseguro—. ¿Por qué el mar es rojo?
—Ya sabes. Las secuelas de una bomba son como las enfermedades: una cosa fastidiosa por allá y otra por acá. Relájate, chavo. No es peligrosa para la gente. Mira, incluso surfean en ella.
Alfredo vio a varios niños jugar en el agua, y aunque no quisiera, desde ahí tuvo que asumir como real todo lo que Xanndro mencionó.
Alfredo suspiró, cansado de todo, y bajó la ventana de su asiento al igual que Xanndro. Encendió el teléfono para escuchar música. Xanndro se percató de esto y lo invitó a ponerla en el estéreo del auto. Alfredo aceptó por cordialidad y pensó rápido en una canción que recordara y pudiera calmar las aguas. Así optó por Hotel California de Eagles. Esa canción fue perfecta: le transmitía paz y a la vez melancolía, tal vez porque le gustaba mucho a Itzel. Por ahora quiso contemplar la belleza del paisaje y dejar a un lado todo, sin embargo, era como si una espina estuviera rasgando su pie,
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