6. LOS EXTRANJEROS.
Mamá tenía la idea, y la repetía a menudo, de que uno acaba por acostumbrarse a todo.
— El Extranjero, Albert Camus.
Mamá tenía la idea, y la repetía a menudo, de que uno acaba por acostumbrarse a todo.
— El Extranjero, Albert Camus.
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Referencia Musical (Opcional)
Los meses se fueron como agua hasta el año siguiente, y así como las estaciones, la molestia de los chicos se diluyó entre toda la cotidianidad.
A pesar de ser un mes lluvioso, esa mañana el sol calentaba más que nunca.
Alfredo escuchaba Migraine de Twenty One Pilots en sus audífonos mientras corría por el circuito costero junto a sus amigos. De a ratos se le había hecho costumbre mirar alrededor para distraerse de su absurda realidad. Era curioso que hubiera más extranjeros que el año pasado. Con el tiempo la ciudad se había convertido en un centro de atracciones para los fanáticos del exceso y de los mares rojos con sustancias desconocidas. Sin embargo, eso también se volvió un infierno para las personas que intentaban rehacer su vida en Sian Ka’an Kun. A veces las riñas entre vendedores y extranjeros eran constantes, y la policía tenía que interferir. Aunque, ajenos a su situación, todos coincidían maravillados en que esa ciudad era la más hermosa y trágica del planeta.
Alfredo reflexionó un momento. Se preguntó ¿cómo un lugar lleno de olvido podía ganar tanta popularidad por una tragedia? Quizá era el morbo, o simplemente suerte, pero fuera cual fuera la respuesta, no viviría mucho para ver otra mañana igual, así que se detuvo a apreciarla.
Entre la mucha gente extranjera de la playa vio a una joven pálida que aparentaba su misma edad. Cabello corto, pintado de blanco. Vestía un traje de baño escarlata que relucía sus curvas con más tentación que otra mujer. Alfredo alcanzó a ver su cara unos instantes: era casi divina. Estaba sonriendo y el rubor se marcaba en todo su cuerpo. Alfredo caminó inconsciente hacia la arena.
Erasmo volteó a un lado. Se percató de la ausencia de su amigo y regresó con él. Al ver lo que hacía, con una sonrisa perversa, le preguntó:
—Te echas un buen taco de ojo, ¿no?
—¿Qué? —Alfredo volteó a verlo—. No, yo solamente… veía el mar.
—Claro. Qué lindo es, ¿verdad?
Alfredo no dijo nada: miró a la chica con duda y deseo. Erasmo le dijo:
—Ve a pedirle su número.
—No la miro a ella, ya te dije —replicó Alfredo.
Erasmo puso los ojos en blanco.
—No seas joto. Si te gusta, inténtalo.
La chica volteó hacia donde Alfredo y mantuvieron contacto visual un instante. Dejó de sonreír: parecía sorprendida de verlo, como si lo conociera. Enrojecido, Alfredo desvió la mirada al momento y escapó de aquel lugar retomando su ruta. Erasmo suspiró con decepción, y sin decir nada, corrió tras él.
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Después de completar el recorrido diario, los chicos se dirigieron a la casa. Desde hace unos días Jonathan les dio la fecha y hora exacta para la primera misión: justo ese día, a las nueve, por lo que era necesario prepararse. Xanndro, sin embargo, quiso hacer un ritual con todos. Sacó varias latas de cerveza del refrigerador, más caras que las usuales, y las puso en la mesa donde estaban los demás.
—Bueno, chavos, pues hay que echarnos una antes de irnos, ¿no?
Xanndro primero le lanzó una cerveza a Alberto. Después pasó con Erasmo y Alfredo, pero estos la rechazaron. Sin embargo, Alberto, casi en broma, les dijo que aceptaran, ya que podía ser su última oportunidad para probar la cerveza. Erasmo dudó después de oír eso y miró a su amigo para comprobar una respuesta. Luego de que Alfredo no expresara nada, Erasmo aceptó la cerveza. Alfredo lo miró, indignado; para él tomar era casi como drogarse. Incluso aun después de escuchar las provocaciones de Alberto, él se mantuvo firme ante la decisión, aunque tenía una actitud más molesta de lo normal. Erasmo creía saber el porqué de esa actitud.
Luego de una pequeña discusión entre Alberto y Alfredo, éste último se dirigió a la salida de la casa mientras les decía con hastío:
—No tengo tiempo para esto. Necesito ir a un lugar. Ahora vuelvo.
Alfredo salió. Cerró la puerta sin importarle que sus amigos no supieran su destino. Miró la montaña rocosa del frente y tomó rumbo por la carretera que daba con la cima. Durante el trayecto, pensó en Xanndro. Tanto Erasmo como él habían conocido una parte rara de su personalidad. La mayor parte del tiempo se la pasaba feliz o borracho, pero había ocasiones en las que parecía demasiado serio, distraído, o enojado sin razón. En aquellas veces se metía a su cuarto y ponía el cartel de close afuera de su puerta. Alfredo pensó que era un síntoma de tomar tanto, pero era curioso cómo incluso Alberto les aclaraba que no entraran al cuarto por mucho que quisieran. Aunque quizás esa actitud era resultado de su exnovia Alice.
Alfredo salió de la banqueta por la que caminaba, se adentró a un camino repleto de pasto y lo siguió hasta llegar a la cima de la colina, donde tomó asiento en una piedra con forma de banco. Desde ahí la ciudad se revelaba en todo su esplendor: el puerto, la zona hotelera, los restaurantes centrales, e incluso parte de las instalaciones de BIMOL. Después de un rato perdido en la ciudad, Alfredo miró al frente suyo.
—Hoy es el día, ma… —le dijo a una tumba improvisada que había construido en el suelo, como si esperara alguna respuesta.
Alfredo mantuvo la mirada en la tumba por un tiempo; pensó en agregarle más cosas ya que solo tenía dos palos de madera en forma de cruz. Su atención se fue a las palmas de sus manos. No se imaginaba cómo serían los demás planetas, pero era espantoso suponer las posibilidades. Quizá perdería conexión con la tierra o lo iba asesinar una criatura extraña. Recordó aquel día de niño en el que le dijo a su madre que su sueño era ser astronauta y luego sonrió por la ironía de que, en cierto aspecto, cumpliría ese sueño. La verdad es que había sido muy soñador y quizá algo ingenuo de niño: le interesaba de todo. Sin embargo, parte de esa ingenuidad seguía en él.
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Después de mirar con más detenimiento su mano, la puso en el sol. Sintió extraño, como si distintos fuegos calentaran su piel y pudiera diferenciarlos, igual que los colores. Pero era absurdo porque no recordaba nada de las clases de química. Tal vez los efectos de no tomar agua le causaron factura. Ahí recordó la hermosa mujer que hace unos momentos ocupó su corazón. Arrepentido, tuvo un ligero deseo de regresar al mismo lugar para buscarla, pero no creía que algo así fuera posible. Además, no tenía esa labia para hablar con extraños, como sí la tenían Erasmo, Alberto o Xanndro.
Alfredo dejó de mirar su mano sudada, se puso de pie y caminó hacia el extremo de la colina; desde ahí podía ver el ventanal de su cuarto. Inclinó el cuerpo para ver la carretera debajo: la altura no era considerable, pero podía quebrarse varios huesos. Mientras miraba abajo, un par de piedras pequeñas cayeron a la carretera y se partieron como vidrio. Alfredo puso un pie delante del borde, como queriendo saltar, y se tambaleó hasta equilibrarse. Cerró los ojos.
El viento susurró en sus oídos con fuerza. Podía acabar con todo ahí mismo, pero supo que no tenía las agallas para saltar.
Después de resistir unos segundos al insoportable calor del sol, dejó de equilibrar el pie en el vacío y dio varios pasos hacia atrás. Al final se fue, como si aceptara su destino.
En la sala todos ya estaban listos: se habían puesto el uniforme militar negro, y arriba el traje de jefes de panes Kaastlan, como Jonathan les ordenó. Solo faltaba Alfredo. Alberto lo apuró con el claxon. Alfredo ya se había vestido en ese momento, pero dudaba si era buena idea llevarse el celular, ya que Jonathan les prohibió llevarlos. Seguro no aguantaría mucho tiempo sin música, así que al final lo tomó, salió de su cuarto y subió a la camioneta. Se dirigieron hacia BIMOL.
En el estacionamiento de las instalaciones, los chicos bajaron a espera de Jonathan. Mientras, Alberto y Xanndro discutían sobre cuál era el mejor licor que habían probado; una conversación absurda para Alfredo. Minutos después de no decidirse entre dos marcas de tequila, a lo lejos vieron a una camioneta militar venir hacia ellos. Xanndro y Alberto callaron cuando la camioneta paró a unos sesenta metros. De ella bajó una mujer.
—No mames, ¿es Rita? —preguntó Xanndro.
—¿Quién? —Alberto entrecerró los ojos para verla.
Xanndro no respondió. Hizo sombra con la palma de su mano para verla mejor. La mujer se veía de su misma edad: tenía la piel blanca y el cabello negro. No usaba maquillaje, nunca lo usaba, pero era algo que ella no necesitaba para verse bonita. Vio su traje: una camisa blanca y una falda negra. La sencillez en su forma de vestir le daba más libertad a sus movimientos y naturalidad a sus expresiones. Platicaba con alguien más que estaba dentro del auto. En cierta parte de la conversación se rio con tanta libertad que Xanndro supo que se trataba de Rita.
—No mames, sí es Rita —dijo Xanndro mientras sacudía de la emoción a Alberto.
—Pero ¿quién es? —preguntó de nuevo Alberto, con más molestia.
—Es una vieja amiga, no sé si te hablé de ella. Trabajábamos juntos cargando medicinas en logísticas de BIMOL. —Xanndro gritó su nombre e hizo señas para que la mujer lo viera.
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La mujer volteó a verlo, aún sonriente; sus párpados caídos y tristes le daban un extraño tinte de felicidad. Cuando Rita vio que era Xanndro quien gritaba, corrió disparada hacia él, ignorando a la persona con la que hace un momento habló. No le importaba llamar la atención de todos.
—¡¡Xanndro!! —gritó Rita en mitad del camino. Al llegar a él, se aferró a su pecho de un abrazo; casi lloraba de la emoción—. Ay… qué alivio. Creí que no te volvería a ver. Desde que vi lo que pasó en las noticias me preocupé como nunca. Intenté llamarte, pero no contestabas.
—Es que me robaron el teléfono. —Xanndro rio y la abrazó—. Pero dime: ¿cómo has estado?
—Muy bien. Todo mejoró desde que llegué a Inglaterra. ¿Y tú? ¿Qué fue de Alice?
Xanndro desvió la mirada un poco.
—Ella y yo… bueno. Pasó lo que tenía que pasar.
Rita se apartó de su pecho, apenada. Lo vio como si dudara de que fuera verdad, pero tras hallar tristeza en sus ojos, se desvió al suelo.
—Oh. Yo… lo siento —respondió.
—No te preocupes. Mejor cuéntame, ¿qué fue de la chava a la que cuidabas?
—¿Asircla? ¡Ya es toda una señorita de diecinueve años! De hecho, viene conmigo. Tan solo mira lo rápido que creció.
Rita miró hacia la camioneta; todos le siguieron. A lo lejos vieron caminar a una joven pálida. Alfredo creyó que se trataba de la misma joven que había visto en la playa, sin embargo, tras ver su pelo rubio, todo el susto se fue. No obstante, siguió mirándola con interés, aunque los lentes de sol que ella usaba le impidieran apreciar su rostro.
De lejos no pudo notar más allá que su obsesión por un color. Azul cobalto. El listón con el que amarraba su cabello era de ese color, también la bolsa que cargaba. Sin embargo, lo más atractivo estaba sobre su camisa: un moño azul cobalto con los detalles necesarios para considerarse alguien de la realeza. La única cosa negra en sus prendas era un par de tacones, y a diferencia de Rita, un pantalón de vestir.
Dos jóvenes más, de edad similar, bajaron del auto después de Asircla, pero Alfredo no les prestó mucha atención. Uno era pelirrojo hasta las cejas, con pecas en el rostro y el cabello alborotado. El otro usaba lentes, de piel apiñonada y con el cabello negro; se veía más latino que la corrupción. Ambos parecían ser los más separados del grupo: platicaban entre ellos como si se conocieran de toda la vida.
La camioneta se fue luego de que todos bajaran.
Cuando Asircla llegó hasta los chicos, se quitó los lentes. Alfredo la miró. Era apuesta. Nariz respingada, pestañas grandes. Lo más extraño quizá eran sus perforaciones plateadas: una la tenía en la ceja izquierda, y las otras tres en la parte superior de la oreja del mismo lado. Sin duda raro en una vestimenta formal como esa, pero no le quitaba formalidad. Incluso de alguna manera aumentaba un estilo propio.
Asircla no tardó en notar la mirada de Alfredo, y con una sonrisa, se dirigió hacia él y le dijo en un español fluido:
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—Hola, mucho gusto.
Esas palabras lo hipnotizaron. Su voz tenía un toque firme, casi seductor. Alfredo no reaccionó hasta después de un momento: estiró la mano para saludarla.
—Mucho gusto —respondió con un pequeño temblor en sus labios.
Ahí Alfredo la miró directamente. Absorto en ella, por fin comprendió su obsesión por el color azul cobalto; era el mismo color de sus ojos. También tenía mucho rubor en sus mejillas, pero no había que hacerse ilusiones: era una característica de su piel. Un encanto muy único, sin duda, aunque había algo más en su mirada. Algo incómodo. Profundidad, quizá, como un inmenso mar en el cual uno podía perderse hasta morir. Era casi como si un sexto sentido le gritara el peligro que suponía verla. Curiosamente, también era lo que más le atraía de ella.
Asircla pasó a saludar igual a todos los demás, hasta que llegó con Xanndro. Rita estaba tan emocionada de aquel reencuentro, que sus mejillas estaban a punto de explotar en emoción.
—Asircla, ¿te acuerdas de él? Trabajábamos juntos cuando estabas chiquita.
Asircla mantuvo unos segundos el silencio. Pareció abrir un poco su boca. Rita le dijo:
—¡Es Xanndro! ¿No te acuerdas de los helados que te compraba?
Asircla sonrió al poco rato. Se balanceó hacia Xanndro y lo abrazó con serenidad.
Aunque Xanndro se extrañó por su acción, llego a darle un par de palmadas en la espalda. Asircla se separó de él al rato, sin expresar mucho, y volvió con Rita. Le dijo con una sonrisa:
—¿Cómo lo voy a olvidar? No paras de hablar de él. —La sinceridad de Rita se cortó. Nerviosa intentó mantener su sonrisa mientras golpeaba con el codo a Asircla. Asircla solo rio.
Rita se ruborizó demasiado, y en un intento por arreglar la situación, preguntó:
—Y… bueno. ¿Qué es lo que hacen aquí?
Xanndro, con la ceguera de intenciones de un niño, respondió:
—Nosotros vinimos a dejar una entrega de pan. Es que no se si te conté que mi papá era…
—Al parecer hemos organizado una fiesta de té —dijo una voz grave atrás de ellos. Todos voltearon. Era Jonathan. Guardaron silencio al instante.
Jonathan miró a Xanndro y Rita con ojos estrechos.
—¿Ustedes dos se conocen…? Bueno, no hay por qué preocuparse. —Jonathan se dirigió hacia Alfredo y sus amigos—. Ellos son los médicos de los que hablé. Todavía puede haber gente observándonos así que tengan cuidado. Me gustaría que continuemos nuestra conversación en otro lugar más privado. Síganme.
Jonathan dio unos pasos hacia atrás y subió a la cinta del puente: todos le siguieron. Los llevó a la misma sala blanca que habían visitado tiempo atrás.
Ya dentro, Jonathan les dijo que se sentaran. Alfredo tomó asiento en el mismo lugar que antes; sus amigos lo hicieron en el lado izquierdo; mientras que los médicos, en el lado derecho.
Jonathan los contó antes de cerrar la puerta con seguro. Tomó asiento en el único lugar disponible.
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