5. YO SOY...
La mayoría de las personas son otras personas. Sus pensamientos son las opiniones de otro, su vida un remedo, sus pasiones una cita.
— Oscar Wilde.
La mayoría de las personas son otras personas. Sus pensamientos son las opiniones de otro, su vida un remedo, sus pasiones una cita.
— Oscar Wilde.
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las cuales solía jugar en la casa de su abuelo. Además, estaba hecha de un material metálico muy negro y liso, como las demás armas clavadas, similar al que BIMOL ocupaba en sus construcciones.
El siguiente en pasar fue Xanndro, a quien le tocó la que parecía un macuahuitl futurista; una espada azteca de obsidiana, solo que esta no poseía tales piedras, y en su lugar había extensiones del material. Alberto pasó después: él sacó dos armas de asta, parecidas al Guan Dao, que podían conectarse por el mango, formando una lanza de doble filo. Alfredo fue el último: él agarró un sable curvo de un solo filo que no logró identificar, similar a una cimitarra, solo que más largo.
Después de darle a cada uno su respectiva arma, Jonathan les dijo:
—Las armas no pueden salir de las instalaciones; las dejarán aquí. Solo se las mostré para que observen con qué arma harán la misión. Es indispensable que no las cambien. —Jonathan pasó por cada una de las armas y las dejó en el piso, a un lado del tablero—. Para terminar, quisiera que me dijeran el nombre clave por el cual serán nombrados. Se sacarán informes de cada una de las misiones y no pueden usar su nombre real. El de Alberto y Xanndro ya los tengo, pero de todas formas quiero que cada uno pase y diga en esta grabadora: «Acepto las condiciones, términos y riesgos de la misión, yo soy…» seguido del nombre clave por el cual se les llamará. ¿Listos?
Jonathan fue al tablero, tomó asiento y comenzó la grabación con una computadora que estaba en el centro de control. El primero en pasar fue Alberto.
—Acepto las condiciones, términos y riesgos de la misión. Yo soy Drakon.
Después pasó Xanndro.
—Acepto las condiciones, términos y riesgos de la misión. Yo soy Nexus.
Continuaba Erasmo, pero no tenía ni la menor idea de cuál escoger. Después de pensarlo un poco, contestó en la grabación no tan convencido:
—Acepto las condiciones, términos y riesgos de la misión... Yo soy Thartly.
Todos esperaban a Alfredo, pero éste no podía pensar con claridad. Después de tardar un momento, ya lo tenía, así que pasó al frente:
—Acepto las condiciones, términos y riesgos de la misión. Yo… yo soy… —No lo podía creer: se le había olvidado el nombre que había escogido. No quería decir nada: era algo que consideraba estúpido, pero al tener la presión de la mirada de Jonathan, solo una cosa le vino a la mente—. Yo soy… Infinity.
Jonathan terminó la grabación mientras mencionaba:
—Muy bien. La rutina de entrenamiento que tienen que seguir ya la sabe Alberto. —Jonathan guardó la grabación en una memoria, se puso de pie y fue hacia ellos—. Cuando contacte a los médicos con los que trabajarán, les enviaré la fecha exacta del inicio de la exploración. Por el momento es todo… los acompaño hasta la salida para que no haya ningún inconveniente.
Jonathan volvió al elevador junto a los chicos. Subieron sin decir nada más.
En la recepción, Jonathan se despidió cortésmente de cada uno, como si fueran gente importante de la empresa de pan. Sin embargo, Alfredo captó algo sincero en sus palabras de teatro.
—Suerte con el proceso. Espero que todo mejore hasta nuestra próxima reunión.
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Durante el trayecto del puente, Alfredo apenas alcanzó a ver una parte del sol asomarse desde la muralla negra. ¿Cuánto tiempo habían estado dentro? No lo sabía, pero deseaba llegar pronto a su cama. Odiaba la idea de dormir en la misma casa que unos desconocidos.
Los chicos salieron por la misma entrada trasera y tomaron rumbo a un minisúper para comprar algo de cenar; Alfredo ni siquiera participó en los votos de comida que propusieron Xanndro y Alberto.
Ya en casa, todos tomaron asiento en el comedor mientras Xanndro hacía la comida.
Alfredo, a pesar de tener la cabeza baja y no querer estar ahí, esperó porque el hambre interrumpía su miseria. Cuando Erasmo tomó asiento al lado de él, trató de decirle:
—Alfredo, yo…
—¿Por qué…? —escupió Alfredo con rencor, sin esperarlo—. ¿Por qué mierda no me dijiste nada sobre la carta? La metiste sin tener los malditos huevos de al menos decírmelo.
—Lo siento… —dijo Erasmo con párpados bajos—. No pensé que todo terminaría así, y dudaba al igual que tú sobre lo que les pasó. Yo solo… quería protegerte.
—¿Protegerme? —Alfredo levantó la cabeza. Su rostro estaba lleno de lágrimas—. ¿De qué mierda ibas a protegerme?
—Del dolor.
Hubo silencio.
—¿Del dolor? —preguntó—. ¡¿Del dolor?! —Alfredo comenzó a llorar; se le quebró la voz—. ¡Perdí a mi maldita familia! ¡Lo menos que podías hacer por mí era darme la estúpida carta!
—¡Yo tampoco sabía si estaban con vida! —se excusó Erasmo—. No pensé que todo terminaría de una forma tan trágica.
Alfredo se acercó a Erasmo, le presionó el pecho mientras la rabia desbordaba en sus palabras.
—Tú nunca comprenderás el maldito dolor que siento en este momento.
Con una resignación molesta, Erasmo suspiró, miró al suelo un momento y le dijo:
—Sabes que… tienes razón. Lo siento.
Alberto dejó su postura de brazos cruzados y se dirigió a sus amigos mientras decía:
—Tranquilos.
—¡Tranquilos una mierda! —replicó Alfredo mientras se dirigía a él—. ¡Tú no me dijiste nada! ¡Lo sabías todo! ¡Maldito traidor de…!
—¡Alfredo, escucha! —Alberto tomó a su amigo por los brazos y lo abrazó con fuerza. Alfredo trató de apartarlo con golpes inútiles que pronto cesaron en un llanto de impotencia. Al verlo tan mal, Alberto acarició la cabeza de su amigo. Esperó a que su llanto se calmara y le explicó arrepentido—: Sé que fue un error mío no aclarar las cosas. Lo siento, cabrón. Pero tienes que entender, Alfredo: nosotros queríamos decírtelo de una manera menos fría que la que usó Jonathan. En serio. Te comprendo, no eres el único que ha perdido a su madre. Pero ahora lo mejor que puedes hacer es olvidarlo todo y seguir adelante.
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Alfredo siguió con su llanto entre pequeños destrozos de sigilo. ¿Cómo iba a olvidar? ¿Cómo les haría entender su dolor? ¿Cómo podía hacerles sentir la culpa que él llevaba sintiendo desde que era un adolescente? La última vez que vio a su madre fue llorando por su culpa: ¿Eso era todo? ¿No la volvería a ver? Quizá podría tener añoranzas de verla en el cielo, pero dudaba realmente si eso existía. A fin de cuentas, la había decepcionado, como a Itzel, y el perdón era algo que no merecía incluso muerto. Pero si ese era el plan de Dios, ¿por qué llevársela a ella de esa manera? ¿Por qué él tenía que despedirse así y no los demás? ¿Por qué la vida tenía que ser tan inoportuna?
Erasmo se unió al abrazo con timidez, casi como si le fuera difícil soportar la incomodidad de aquella situación. Sin embargo, a pesar de eso, le dijo a su amigo:
—Tranquilo, estamos aquí. Amigos hasta la muerte, ¿verdad?
Un par de lágrimas cayeron sobre su zapato; Alfredo odiaba llorar frente a la gente, pero al menos sintió algo de calidez por aquel abrazo. Sin embargo, a pesar de la emotividad, todo fue fugaz. La cena no continuó con más calma incluso con sus disculpas.
Tras caer las doce, todos fueron a dormir pensando en lo que les deparaba: quizá una muerte segura o una vida sin preocupaciones. Erasmo, aunque tuvo la oportunidad de distraerse con el celular que Alberto le dio, se mantuvo absorto en sus pensamientos mientras miraba el techo de la habitación. Llegó a preguntarse si sus compañeros de preparatoria seguían con vida, o si Frida también había logrado sobrevivir. Pensó en su familia que quizás murió; no negaba que la muerte era una tragedia, pero por alguna extraña razón, a diferencia de Alfredo, él ya no sentía la necesidad de llorar. De hecho, aseguraba con firmeza que esta era una nueva oportunidad para él, para lograr todo lo que no pudo. Un nuevo comienzo, y en cierto aspecto lo agradecía. Erasmo volteó a ver al frente con duda: la suave luna oculta atrás del ventanal se reflejaba en todas las estelas del océano negro. El horizonte estaba lejos. Tan lejos que deseaba ver qué había más allá.
Alfredo, por el contrario, no tuvo noches tranquilas a partir de ahí. Apenas podía conciliar el sueño: los pensamientos de muerte se incrustaban en sus párpados como agujas hasta clavarse en la retina. Cada mañana despertaba tarde, con un recuerdo de Itzel, y a veces, al cruzar la puerta, con uno de su madre. Vivía sin ganas, con la mente en el pasado y el cuerpo perdido en el ahora. Las yagas de entrenamientos sin sentido lo acercaban cada vez más a un suicidio que veía esperanzador. Al caer otra noche, se sumía en la oscuridad de su almohada sin un paisaje al cuál recurrir, y lloraba en silencio; a veces por Itzel; a veces por su madre; y otras veces, sin razón.
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