6. LOS EXTRANJEROS.
Mamá tenía la idea, y la repetía a menudo, de que uno acaba por acostumbrarse a todo.
— El Extranjero, Albert Camus.
Mamá tenía la idea, y la repetía a menudo, de que uno acaba por acostumbrarse a todo.
— El Extranjero, Albert Camus.
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—Oye y… ¿de dónde eres?
—Reino Unido. Inglaterra, para ser exactos.
—Qué padre. He escuchado muchos artistas y bandas buenas de ahí. Yo soy de México.
Asircla rio, le tocó el hombro y respondió:
—Pues sí. ¿En dónde crees que estamos?
Alfredo se dio cuenta de la estupidez que dijo. Quería morir en ese instante, lanzarse hacia el núcleo, o que algún mago lo hiciera desaparecer. Por suerte fue salvado, no por un mago, sino por Jonathan, que ya había terminado de revisar todas las capsulas.
Jonathan llamó a los médicos y les entregó cada placa para que comenzaran el proceso de incrustado.
Mientras Asircla le ponía la placa a Alfredo, él trató de no hacer ningún ruido, aunque, a pesar de la gentileza en sus movimientos, las agujas dolían hasta los nervios del alma. Aun así, pudo aguantar sin mover la espalda, aunque el dolor no le anestesió la vergüenza. Tenía tantas cosas en mente que apenas podía concentrarse; caer presa del enamoramiento no era parte de su plan dentro de la primera misión. Aparte, le pareció estúpido hacerlo. Para no perder el foco, Alfredo volteó hacia los paneles por donde los médicos administrarían su estado. Quiso poner su mente en blanco, pero notó que en cada panel había una pequeña pantalla que repetía el nombre con la clave de cada uno.
Alfredo: Infinity.
Erasmo: Thartly.
Alberto: Drakon.
Xanndro: Nexus.
En ese momento no tuvo ni la menor idea de por qué escogió ese nombre clave, sonaba muy estúpido.
Tras terminar el proceso, Asircla conectó un circuito camuflado hasta su oreja para que pudieran escuchar el comunicador. El cable era muy pequeño, casi imperceptible. Asircla le explicó cómo funcionaba y del micrófono en la placa. El la escuchó atento y siguió las instrucciones. Con solo presionar el centro de su oído un poco, podía activar el micrófono de la placa.
Después de revisar que todos los comunicadores funcionaran bien, los chicos se quitaron los pantalones de ejecutivos, y fueron al mismo pasillo del que salió Jonathan. Alfredo quiso ocultar su celular en el pantalón militar y poner música en lo que iniciaba la misión, pero Jonathan lo detuvo antes de que guardara la mano.
—¿Qué mierda es eso? —preguntó con la asertividad de un padre estricto mientras le sostenía del brazo—. Les aclaré que no podían traer sus celulares a la hora de hacer misiones.
Antes de que Alfredo pudiera contestar, Asircla intervino y dijo:
—Dámelo a mí, yo lo guardo.
Alfredo dudó en contestarle a Jonathan, vio la mano de Asircla, y al final se decantó por dárselo a ella. Jonathan no le apartó la mirada, pero permitió que Asircla se quedara el celular.
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En ese instante, Alfredo pensó que era la mujer más noble y empática del universo. Y ese acto gentil le quitó las pequeñas piscas de concentración en su cabeza.
En el pasillo, Jonathan le entregó a cada uno su respectiva espada y fusil de asalto, junto al detector de energía blanca: pequeños dispositivos similares a un reproductor de música, con una antena para aumentar la frecuencia de búsqueda y una pantalla con porcentajes. Jonathan les explicó que entre mayor fuera el porcentaje, más cerca estaban de la energía, y que ahí mismo les indicaba a dónde debían dirigirse. Aunque su explicación era rápida, y muy intuitiva a pesar de haberles repetido el funcionamiento de los detectores con anterioridad, parecía preocuparse más porque Alberto comprendiera todo.
En ese instante, Alfredo recordó su entrenamiento con la espada durante los meses anteriores. La primer cosa que se le vino a la mente, y la más importante, es que la funda nunca se colgara en la espalda. Aunque en las películas sucedía mucho eso, y era algo estético, para que una espada fuera rápidamente utilizada se debía poner en el lateral del cinturón. La puso en el lado izquierdo de inmediato, como si fuera un chaleco a prueba de muerte.
Luego de ordenar todo, los chicos caminaron por el pasillo que metros más adelante se bifurcaba en el perímetro del hexágono. Tras separarse de sus amigos, Alfredo sintió que sus dedos se le derritieron en calor. Se dirigió hacia el lado del hexágono que Jonathan ordenó. Cruzó la puerta.
Los médicos tomaron asiento en los paneles de mando después de ver a su respectivo explorador en cada una de las habitaciones blancas.
A pesar de que la blancura lo cegó, Alfredo pudo identificar una bolsa de aire gigante en la entrada. Apuntaba hacia la cápsula del sueño: una máquina blanca, cilíndrica y horizontal, parecida a las que usan en las tomografías. Por fuera se le envolvían varios cables hasta llegar al techo como cachos de un cerebro gris. Alfredo siguió los cables con la mirada hasta llegar al panel de mando. Desde el ventanal, Asircla lo saludó con un pulgar arriba; presionó el botón de apertura. El cilindro se abrió desde la base, abriendo paso a un compartimiento. Alfredo se metió, desconfiado, abrazando a su fusil y detector. Por dentro era estrecho, a comparación de afuera. La única comodidad quizá era la camilla acolchada de su espalda.
Después de que la única salida en sus pies se cerrara, Alfredo oyó a Asircla preguntar desde el comunicador:
—¿Estás listo?
—No lo sé —respondió lento, mientras miraba abrumado los metales caóticos del interior.
—¿Quieres que te ponga algo de música con tu celular para que puedas relajarte?
—¿Puedes hacer eso? —preguntó Alfredo algo nervioso.
—Solo si me quieres compartir la contraseña de tu celular.
Alfredo ni siquiera dudó en hacerlo; incluso le dijo qué lista de reproducción poner. Mientras lo hacía, escuchó a Jonathan dar la orden de enviar las placas al espacio. Alfredo supo que era demasiado tarde para arrepentirse: anhelaba haber saltado desde la colina cuando tuvo la
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oportunidad. Intentó relajarse con la música, y cerró los ojos mientras se imaginaba cantando en un estadio lleno de gente. Desde el marcador cardiaco, se apreció quietud, hasta que Jonathan dijo:
—Las placas llegaron con éxito. Abran los portales.
Algo se movió dentro de la máquina. Alfredo miró debajo de él. La máquina había generado desde un punto infinitamente pequeño el agujero de gusano. Al principio estaba del tamaño de una pelota de golf, pero creció hasta los bordes de la cápsula, como si tratara de comer sus pies. Alfredo no quiso ver más esa cosa: estaba completamente oscura, como el núcleo, así que cerró los ojos. Después de unos minutos, oyó a Rita decir desde el comunicador general:
—Diez. Nueve. Ocho. Siete. Seis. Cinco. Cuatro...
Para perder el miedo, Alfredo recordó la vez en que sus amigos lo obligaron a subir a una montaña rusa gigante. La segunda vez después de la primera no fue tan mala. De hecho, aceptó subirse con ellos a más juegos así. Lo único que no le gustó de aquella vez era que casi vomita.
Rita siguió:
—Tres. Dos. Uno…
El calor de toda su sangre le recorrió la punta de los dedos. La adrenalina le presionó el corazón hasta llegar al estómago. La máquina comenzó a hacer un ruido metálico y todo su cuerpo vibró. Alfredo apretó los párpados con más fuerza.
—Suerte —fue la única palabra que oyó antes de que la camilla lo deslizara por el borde.
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