5. YO SOY...
La mayoría de las personas son otras personas. Sus pensamientos son las opiniones de otro, su vida un remedo, sus pasiones una cita.
— Oscar Wilde.
La mayoría de las personas son otras personas. Sus pensamientos son las opiniones de otro, su vida un remedo, sus pasiones una cita.
— Oscar Wilde.
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—Ahora, lo importante es que sepan sobre el plan. Ya tendremos tiempo para platicar en otro momento. —Tomó asiento—. La misión llevará el nombre de P. Asinus Aureus número siete y constará de tres etapas. En la etapa uno, ustedes entrenarán durante medio año para mejorar sus tácticas de combate y condición física. Quizá tengan que esperar un poco más porque necesitaremos ayuda de algunos médicos de confianza que me conferirá el segundo al mando de BIMOL. Debo asegurarme de que no haya ningún currículum sospechoso, pero al ser personas en deuda con nuestra empresa, no creo que tarde mucho.
—¿Y por qué no mejor busca ayuda de ellos para que exploren el planeta? —preguntó Alfredo.
—Negativo —contestó Jonathan—. A pesar de ser confiables, en el informe público serán contratados como médicos personales por los socios de otra empresa ajena al desastre. Y adivinen qué, ustedes son los dueños de esa empresa… Pero ya llegaré a esa parte. Además, las cápsulas necesitan de un médico que las controle: ellos son los indicados para este trabajo.
Alfredo soltó una carcajada silenciosa, sin gracia.
—¿Y nosotros somos los indicados para explorar?
—Sí. —Jonathan lo miró mientras hacía un ademán en dirección a Alberto—. Ya tienen a una persona que al menos sabe algo de combate. Confío en que él los prepare como se debe. Además, no es por insultarlos, pero… son el tipo de persona de la cual ni el gobierno ni la ONU se esperaría que hagan una misión.
Alfredo desvió la mirada sin dejar esa expresión de seriedad en su rostro. Jonathan volvió con todos y continuó:
—En la etapa dos se les darán armas de fuego, comunicadores y rastreadores; viajarán a los planetas y buscarán la energía. Si completan esta fase, podríamos decir que estamos del otro lado. En la tercera y última etapa cerraremos el núcleo, descubriremos hacia dónde dirige y después de un tiempo sacaremos a la luz el inicio y éxito de la misión; me abstendré a las consecuencias que eso conlleve, pero a este punto quizás ya sepamos al causante de todo y la verdad sea mostrada a los ciudadanos.
»Por último, para mantener todo en secreto, su trabajo ante los ojos del mundo será como jefes de una empresa que quizás conozcan: panes Kaastlan. Llegué a un acuerdo con panes Kaastlan para que permitieran usar su imagen a cambio de dinero. Se supone que la reunión que tenemos ahora mismo es para dialogar la posibilidad de que panes Kaastlan pueda comerciar su producto dentro de las instalaciones. —Jonathan hizo una pausa y miró con cautela a cada uno de los chicos. El zumbido de la luz arriba suyo inquietó el ambiente—. Pero no se confíen, aunque la ONU y el gobierno no puedan entrar a este edificio, cabe la posibilidad de que seamos vigilados por otros medios. Por eso les daremos identificaciones especiales de su empresa, fotografías que pondrán en su casa, y trajes ejecutivos arriba de sus uniformes militares. Además, sus pagos llegarán como pequeñas transacciones bancarias de la empresa panadera. Y recuerden: ustedes no están asociados de ninguna forma a BIMOL. ¿Dudas?
Tras ver que todos estaban callados, Jonathan les dijo:
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—Excelente. Ahora, vengan conmigo. —Jonathan fue a la puerta y quitó el seguro—. Es lo último que haremos hoy.
Luego de que todos se pusieran de pie y salieran, Jonathan ojeó la habitación por última vez, como si se olvidara de alguien. Tras asegurarse de que no hubiera nada extraño, cerró la puerta con seguro. Guio a los chicos hacia la recepción del primer piso. Ahí tomaron rumbo por el pasillo trasero del edificio, donde hallaron un elevador: más amplio que los demás, pero construido principalmente por rejilla negra. Dentro se percibía un ambiente hostil, como si fueran perros enjaulados. Pero lo más inquietante fueron los ocho botones metálicos del tablero, que estaban enumerados con dígitos negativos. Jonathan presionó el menos ocho; último piso. El ascensor bajó y todos sintieron el hormigueo en su vientre.
Tras salir del ascensor, para su sorpresa, el techo y las paredes de ahí eran de un negro volcánico, aunque el piso tenía la misma estética pulida y ordenada que los de arriba. El pasillo que recorrieron junto a Jonathan estaba infestado de salas por donde salían soldados y médicos.
—Les haremos tres exámenes para su seguro de salud —dijo Jonathan mientras se detenía en una habitación alejada de las personas—. Uno determinará sus habilidades cognitivas y psicológicas, otro las habilidades físicas, y el último su salud general. —Jonathan abrió la puerta de la habitación—. Empezaremos por el examen cognitivo y psicológico.
Cuando Alfredo miró dentro, sintió que cientos de ojos fantasma le regresaban la mirada. El cuarto era igual que los de su preparatoria. Varios pupitres que apuntaban hacia un pizarrón, aunque a diferencia de sus recuerdos, este era digital.
Jonathan sentó a cada uno hasta el frente, les dijo cómo prender la tableta del pupitre y comenzó a aplicar el examen sin perder tiempo. Después de que los resultados fueran entregados a Jonathan, él los llevó a la habitación del costado: el gimnasio. Ahí les evaluaron su resistencia, fuerza y agilidad. Por último, fueron a la enfermería del mismo piso para las pruebas de sangre y salud; Jonathan les mencionó a los médicos que eran socios importantes, por lo que su seguro debía cubrir la mayoría de los accidentes que sufrieran.
Al finalizar, Jonathan los guio al inicio. Parecía que habían terminado, pero antes de llegar a la salida, cambiaron de rumbo hacia un pasillo gris, separado del resto. Estaba cerrado por una reja, sin embargo, Jonathan lo abrió con su huella digital. Más allá de esa reja todo se desdibujaba: no había muebles, cámaras o siquiera flores decorativas. Era casi como una construcción nueva. Jonathan paró en uno de los dos cuartos de ese pasillo. Les abrió la puerta a los chicos y los invitó a pasar. Al estar todos dentro, sin explicar nada y desde el exterior, Jonathan cerró la puerta.
Erasmo y Alfredo miraron a su amigo, pero él estaba igual de confundido que ellos. En el interior del cuarto solo destacaban cinco sillas metálicas muy robustas, y un espejo gigante en la pared frontal. Cuando Jonathan les habló desde un altavoz, supieron que se trataba de una cámara de Gesell.
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—No se asusten por lo que pasará a continuación —dijo Jonathan desde el otro lado—. Es completamente necesario para que puedan trabajar. Siéntense en las sillas, por favor, y mantengan los brazos y la cabeza en las reposaderas.
Los chicos, aunque desconfiados, hicieron caso. Jonathan, con ojos estrechos, los estudió desde el otro lado del cristal. Mantenía la punta de su dedo floja, sobre un botón gris. Se quedó inmóvil, como un animal que analizaba su entorno para evitar depredadores. Después de un eterno minuto de duda, donde los chicos pensaron que se había ido, Jonathan oprimió el botón. De inmediato, las sillas activaron un mecanismo que los aprisionó de cabeza, manos y tobillos.
—¿Qué mierda? —Alfredo trató de liberarse.
Cuatro máquinas de garra salieron del techo. Alfredo las miró: cada una tenía jeringas en la punta. Las máquinas escanearon sus cuellos como si fueran ratas de laboratorio. Les inyectaron un líquido en dosis exageradas. Sus venas y nervios se marcaron hasta hacerse visibles con el mismo color que el líquido: un turquesa fluorescente. Alfredo gritó del dolor, y tensó su mandíbula. Tras tener el líquido drenado, las máquinas volvieron al techo y desaparecieron por pequeñas cavidades de metal. Las sillas los dejaron libres.
—¡¿Que mierda fue eso?! —jadeó Alfredo mientras se desplomaba en el piso. Su vista se nubló.
—Esto es parte de su examen de salud—respondió Jonathan desde la bocina—. Este líquido les ayudará a viajar con mayor facilidad. Venía en su contrato. Se supone que lo leyeron, ¿no?
Alfredo siseó del dolor mientras su visión tornaba una claridad mayor a la de antes. Ahora los ruidos eran cercanos, un poco molestos, y se respiraba un aire demasiado colorido, del cual pudo apreciar el concreto, el sudor, y su sangre. Luego, miró la palma de su mano. Temblaba. No logró identificar si era por los nervios o a causa del líquido.
Erasmo trató de ayudarlo a levantarse, pero él lo apartó con molestia y se puso de pie por sí mismo.
Jonathan fue con ellos: abrió la puerta. Todos salieron en fila. Alfredo, el último, lo miró con molestia, pero no recibió más que seriedad por su parte.
Jonathan, en vez de guiarlos por el pasillo de antes, se adentró por el mismo hasta encontrarse con otro elevador de reja. Alfredo, aunque cansado, estaba feliz de que todo terminase. Sin embargo, luego de entrar, notó que este elevador no era igual al anterior, pues tenía un tamaño reducido. Su felicidad se fue al momento de ver a Jonathan presionar el único botón que había.
—¿Y ahora por qué bajamos? —se quejó Alfredo.
—Todavía no hemos terminado. —Jonathan ocultó las manos detrás de su espalda.
—Pero usted nos dijo que…
—Esto es lo último —aclaró Jonathan mientras volteaba a verlo de reojo.
Alfredo se limitó a verlo con hastío. Jonathan volteó de nuevo al frente mientras decía:
—No me malentiendas, sé muy bien lo que dije. Sólo quiero que vean a qué nos enfrentamos.
En mitad del camino, la pared del frente desapareció. En su lugar tenían una vista a la nada, como si el espacio los hubiera tragado. Con un poco de miedo, Alfredo se inclinó para ver su destino
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a través de la reja: abajo lo esperaba un camino gris repleto de pequeñas luces blancas, como las de una mina.
Luego de varios minutos, la reja se abrió. Todos dieron varios pasos al frente mientras miraban alrededor con asombro. Estaban en un corredor sin paredes, con el techo tan alto que ni siquiera podían divisar. Por alrededor se esparcían los cimientos y cables que mantenían a flote la plataforma. Alfredo miró al frente. El corredor era más ancho y largo a como se veía desde arriba. Estaba sostenido ya no por vigas, sino por la propia tierra del cráter. Aun así, su altura era considerable. Por ello, en los laterales había piezas de concreto muy gruesas y seguras que impedían caerse incluso al más despistado del mundo.
A diferencia de otros pisos, en este el frío abrazaba sus cuerpos, y cualquier sonido generaba tanta reverberación como una caverna. Daba la sensación de ser un espacio resguardado fuera del tiempo; solitario, como cualquier suicida.
A un tercio del pasillo, los chicos se percataron de un vidrio gigante en la izquierda. Cuando lograron avanzar más, vieron que dentro del cristal estaban plantados varios reflectores. Trataban de iluminar la profundidad del interior, donde se exhibía el anómalo núcleo. Un ojo negro, con la altura capaz de superar a cualquier colina. De él emanaban ruidos guturales que hacían vibrar al pecho y a los pies. Mientras más fijaban la vista en él, más parecía que la oscuridad de aquel objeto comía sus extremidades con un hormigueo que les privaba de comodidad. Y aunque aquella cosa no deformaba tanto al espacio, se apreciaba un lente pequeño en sus bordes. Al lado de los bordes, como cámaras, ocho metales con una función desconocida para Alfredo; quizá trataban de contener el núcleo. Su estructura se podía modificar por si el núcleo aumentaba de tamaño, pero ya casi no sobraba espacio para separarlos más. Era una sensación de insignificancia incomparable a cualquier otra cosa que hubieran sentido en sus vidas.
Mientras los chicos miraban el objeto, Jonathan había caminado hasta una plataforma en medio del corredor, donde convergía otro camino al lado contrario del núcleo. La plataforma era circular, y ahí había un centro de control que monitoreaba el núcleo, similar al tablero de un piloto.
Alfredo volteó a ver en dirección de Jonathan después de que la oscuridad del núcleo superara su paciencia. Se percató de que el suelo de la plataforma tenía grabado un pentagrama. Cada punta tenía un triángulo, excepto la parte superior, que apuntaba al núcleo, la cual tenía un círculo. Sin embargo, a pesar de ser una decoración extraña, lo que más llamó su atención se encontraba clavado en los triángulos de las esquinas: cuatro espadas.
No parecía ser una decoración muy cómoda.
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—Los estudios terminaron —dijo Jonathan después de revisar el estado del núcleo en el tablero—. Pero antes de que se vayan a casa, me gustaría ahorrar tiempo y hacer esto de una vez. Debo informarles que ocuparán armas especiales para viajar a los planetas. Por supuesto que se les darán armas de fuego, pero quizá en ciertas situaciones necesitarán otro tipo de arma.
Al principio no entendían muy bien a qué se refería Jonathan, pero lo captaron de inmediato cuando les dijo:
—De acuerdo a sus resultados en los exámenes, se les asignará una espada para la misión.
—¿Es una broma? —preguntó Alberto casi riendo.
—¿Acaso me ves cara de comediante? —contestó Jonathan.
Alberto paró de reír. Tornó seriedad como si en verdad estuviera preocupado por lo que oía.
—¿Y qué vamos a hacer con esto?
—Defenderse… en caso de que las armas de fuego no funcionen, claro está.
Alfredo tuvo un mal presentimiento. Supo de inmediato que no les había dicho toda la verdad. ¿Por qué razón no funcionarían las armas de fuego?
Jonathan no esperó a que entendieran lo que decía, y desde el centro del pentagrama, volteó a ver a Erasmo y le dijo:
—Erasmo, tú usarás la katana. Pasa a recogerla.
Erasmo dio un paso inseguro al frente, fue al triangulo marcado con una línea y trató de sacarla, pero falló. Después del cuarto intento, con mucha fuerza, logró su cometido, pero sintió a la katana un poco anormal. Primero que nada, la curva de la hoja era más pronunciada que las réplicas con
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