Cuando Erasmo y Alfredo estaban frente a frente, se vieron confundidos uno al otro. Alfredo quería ver si su amigo lo recordaba, y la tensión de los segundos siguientes marcaría todo. Erasmo, después de apreciarlo con claridad, abrazó con fuerza a su amigo sin decir nada.
—Es bueno verte de nuevo —dijo Alfredo después de sonreír.
—Lo mismo digo. —Erasmo, a pesar de expresar felicidad, sonaba preocupado.
Alberto se acercó a ellos lentamente y se unió al abrazo.
—Me alegra que hayas despertado, esqueleto —dijo Alberto para aligerar el peso emocional.
Erasmo lo miró de abajo hacia arriba. Estaba muy cambiado. Volvió a su mano, donde vio tres anillos de oro.
—Tú no has cambiado nada, anillitos —contestó.
—Ja, ja… sí, bueno. Ya no uso tantos anillos. Mejor subamos rápido al auto que ya hay un güey atrás de nosotros. Ahorita se siguen besuqueando.
Alberto se dirigió al auto después de darle una palmada en la espalda a Erasmo. Alfredo fue atrás de él.
Erasmo, sin embargo, dudó unos segundos. En ese lapso, hubo un momento inconsciente de culpa donde su boca tímida dijo:
—Alfredo.
Su amigo volteó de inmediato hacia él. Sonreía, como no siempre solía hacerlo. Una sonrisa tan valiosa que no quiso arrebatar.
—¿Qué pasa? —preguntó Alfredo.
Erasmo metió ambas manos en las bolsas de su sudadera: las apretó durante un rato.
—Me alegra volver a verte —terminó por decir, mientras lo tomaba del hombro.
—A mí igual —contestó Alfredo con otra sonrisa; ese lado cursi de Erasmo volvía a la luz.
Erasmo siguió a su amigo, y subió a la camioneta sin decir nada más.
Alberto condujo por el circuito hasta llegar al extremo contrario de la bahía; no tan lejos del hospital. Durante el recorrido, le explicaron a Erasmo la situación en la cual se encontraban: le hablaron sobre los cuatro años de coma, sobre el apocalipsis, y sobre las cápsulas. Erasmo reaccionó con ciertos tintes de tristeza y preocupación, pero, extrañamente, sin figurar más allá. Alfredo no entendió su tranquilidad. Erasmo solía ser muy resiliente, o al menos aparentaba serlo, pero incluso una noticia así debía impactarlo. Tal vez los doctores le dieron la información de una forma más digerible, sin embargo, no parecía ser el caso.
—Así que todo valió —dijo Erasmo con un soplido de cansancio—. Supongo que la universidad...
—Sereno, moreno. —Alberto volteó a verlos un instante, sin importarle manejar—. Iremos luego al registro civil, así que no se preocupen si quieren continuar con sus estudios. De momento necesito que me digan qué edad quieren que sea la oficial en sus credenciales para anotarla de una vez.
—¿Por qué? —preguntó Erasmo.
Alberto volvió a mirar al frente; casi se desviaba del camino.
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